Así y todo, cada vez son más los países
que luchan por la legalización de esta práctica.
Como cristianos, debemos adoptar una
posición al respecto, no porque sea necesario oponernos al establecimiento de
una ley de este tipo, ya que sabemos que las leyes no están confeccionadas por
hombres espirituales, y rara vez atiendan a lo que dice la Palabra de Dios sobre
ellas. Lo importante es que el hijo de Dios sepa qué dice la Biblia sobre cada
tema, para que, más allá de su viabilidad a través del permiso legal, si la
ley de Dios se opone, eso sea suficiente para nosotros. El mundo seguirá marchando
por sus carriles, y nada nos permite suponer, desde el punto de vista escritural,
que el mismo marche hacia su mejoramiento absoluto o hacia su moralización o
perfeccionamiento. Todo lo contrario. Mientras tanto, los creyentes que seguimos
en el mundo, debemos apartarnos del mal.
Desde el punto de vista de la clase,
podemos encontrar tres tipos de abortos: el espontáneo, esto es, el que se produce
sin intervención humana de ningún tipo, deviniendo en la pérdida del bebé, a
pesar de cualquier esfuerzo en contrario, y el provocado. A su vez, este último
puede ser de dos tipos: terapéutico y eugenésico. El primero se practica por
orden médica en los casos de embarazo detenido, huevo muerto o embarazo fuera
de lugar, los cuales no tienen ninguna posibilidad de subsistencia.
El segundo es el que nos interesa, porque
es el aborto practicado deliberadamente, sea por la razón de un embarazo no
deseado, o por la sospecha de una malformación o alguna especie de tara en el
bebé, u otra causa. En este caso, y sólo en este, hablaremos de aborto propiamente
dicho, a los efectos del tema que nos ocupa.
Sería muy fácil desarrollar este tema
tan complejo si hubiera alguna cita bíblica explícita que nos aclarara cuál
es la voluntad de Dios al respecto...Como no tenemos tal cita, se hace necesario
un análisis más concienzudo y profundo de las verdades escriturales.
Para empezar diremos que en la Biblia
nunca el aborto es un bien, sino una desgracia. Aquellos que defienden el aborto
provocado como un bien, invocando razones de derechos humanos, derechos a la
elección, etc., deberían saber que esta no es una opción contemplada en las
Sagradas Escrituras. El aborto, en los ejemplos bíblicos, nunca es una elección,
sino una fatalidad: Gén. 31:38, Éx. 21:22-24, Job 3:16, Salmos 58:8, Ecl 6:3.
Como contrapartida, siempre y en todos
los casos independientemente de la elección de los padres, los hijos son considerados
como una bendición, y como herencia divina: Salmos 127:3.
Todo esto podría probar, sin lugar a
dudas, que la Palabra de Dios desconoce la práctica del aborto voluntario, y
por ello no hay en sus páginas normas expresas que prohiban este recurso.
Este argumento, aunque parece válido,
podría resultar insuficiente, toda vez que expresamente no dice la Biblia "No
abortarás". Sin embargo, podríamos remitirnos a la ley dada a Moisés, en
la cual encontramos sí, "No matarás" (Éxodo 20:13). Para quien considerara
incompleto el consejo del Antiguo Testamento, o pasado de moda, o ya superado
en la nueva dispensación, tenemos un texto muy claro del apóstol Pablo, en 1ª
Corintios 3: 16 y 17, en el cual se considera al cuerpo como templo del Espíritu
Santo, y se exhorta muy seriamente acerca de la prohibición de destruirlo.
Ahora bien: cualquiera está de acuerdo
con esto, en términos generales, y nadie se quisiera hacer cargo de la muerte
de un ser humano, ni siquiera aquellos que están a favor del aborto. En efecto,
el punto medular de la discusión se centra en el interrogante acerca de desde
cuándo el embrión puede considerarse una persona, esto es, cuál es el instante,
ínfimo, pero bien definido, en que el feto deja de ser una masa de tejidos y
comienza a ser un ser humano particular, con cuerpo alma y espíritu.
Y decimos que esta es la cuestión medular,
porque los abortistas se apoyan en el "hecho" para ellos obvio de
que eso que está en el útero materno no es efectivamente en ser humano, sino
una mezcla de células que llegará a su condición de pleno ser en un tiempo futuro.
A esto diremos que nadie estuvo ni está
capacitado, ni desde la ciencia, ni desde la filosofía, ni desde la antropología,
para determinar cuándo un embrión es un ser humano. Dice un autor: "¿En
qué momento, en qué minuto puede uno considerar que una vida no tiene ningún
significado y al minuto siguiente pensar que esta misma vida ya es algo precioso?¿Quién
se atreve?"
La ciencia sabe que al momento de la
concepción las células masculina y femenina han sufrido una transformación que
reduce sus cromosomas de cuarenta y seis a veintitrés cada una, para que al
unirse, entre ambas formen las cuarenta y seis necesarias para la vida humana.Esta
nueva célula producto de la unión contiene ya el ADN (ácido desoxirribonucleico),
que lleva en sí toda la información genética que si no es interrumpida dará
lugar al nuevo ser. Este ADN contiene la información, a imagen de una complejísima
computadora, aun de cómo será ese ser al llegar a la vida adulta. Quizás el
Señor ya había previsto este descubrimiento tan reciente como novedoso y nos
lo había anunciado en su Santa Palabra... Salmos 139:16.
Ese nuevo ser, aun antes de que su madre
sepa de su existencia, a los veinticinco días de ser gestado, ya tiene su corazón
latiendo. A los cuarenta y cinco días se pueden captar sus ondas encefalográficas.
A las ocho semanas tiene formado el cerebro y sus huellas digitales definitivas,
aunque más pequeñas. Dos semanas después tiene en funciones sus glándulas tiroides
y suprarrenales, mueve los ojos, traga, mueve la lengua, tiene hormonas sexuales.
En la decimosegunda semana tiene uñas, succiona el pulgar, es sensible al dolor.
Ahora bien, algún escéptico podría argumentar
que esto no es suficiente prueba de si ese es un ser humano completo, con cuerpo
alma y espíritu. Al respecto diremos que, a excepción de Adán, que fue creado
del polvo de la tierra, y Dios mismo en un acto posterior le sopla el aliento
de vida, todas las demás criaturas humanas son formadas, en cuerpo, alma y espíritu
conjuntamente, en el mismo instante de la concepción.
En el Salmo 58:3, el salmista dice que
hay impíos que lo son desde el útero, lo cual confirmaría la existencia de un
ser con cuerpo, alma y espíritu aun en su vida intrauterina.
Job, en su angustia, añora la posibilidad
de no haber nacido, y de esta forma haber pasado a la eternidad desde su habitación
prenatal. ( Job 3: 9-19 )
Con todo esto queremos significar que,
aun cuando desde la ciencia no se puede establecer el momento exacto en que
ese embrión es un ser humano completo, aunque en desarrollo, desde la Palabra
de Dios se puede comprender mejor esta realidad, arrancando desde el hecho ineludible,
y comprendido por fe, de que Dios es el autor, creador, dador y sustentador
de la vida: Hechos 3:15, 1ª Samuel 2:6.
Dice la Biblia que este nuevo ser es
creado a imagen y semejanza de Dios, como remarcando la intención santa y sublime
que Dios tiene con cada criatura humana, por sobre toda otra criatura. Todo
fue creado por la palabra de su poder, pero del ser humano dice que él lo formó,
especialmente, y sopló en su nariz el aliento de vida.
El ser humano, además de producto de
una relación entre dos personas, y por sobre ella, es
*Creación de Dios : Salmos 139: 13
*Proyecto de Dios: Salmos 139:16
*Propiedad de Dios: Salmos 22: 9 y 10
Veamos algunos otros textos ejemplificadores:
Salmos 139:13 - 16, Isaías 49:1, Jeremías 1:5, Salmos 8:4, Gálatas 1:15, Salmos
104: 29 y 30, Job 12: 10, Isaías 44:2 y 46: 3, Mateo 25: 34, Lucas 1: 41 y 43,
Lucas 1: 15. Deuteronomio 32:39, 1ª Samuel 2:6, Job 10: 8 y 33:4, Salmos 71:
6, Daniel 5:23, Hechos 17:25.
Todas estas escrituras que estamos analizando
probarían espiritualmente (no racionalmente o científicamente) que el hombre
es una creación divina: cada hombre de todas las edades, y no generalmente,
sino en particular, desde el mayor hasta el más insignificante. Que cada uno
estuvo en los planes del Señor desde antes de la fundación del mundo. Que este
mismo creador conoce a todos por sus nombres (Isaías 49:1), tiene proyectos
sobre ellos, los ha dotado de eternidad, y además que somos propiedad suya,
de acuerdo con su soberanía y su amor para con cada uno.
Por todo lo que venimos exponiendo sostenemos
que desde el momento exacto en que un óvulo y un espermatozoide se unen, por
la voluntad soberana de Dios, eso es ya un nuevo ser, con todas las potencialidades
de cualquier humano, dotado de cuerpo, alma y espíritu. Como tal, tiene derecho
a la vida como cualquiera de nosotros. ¿Quien consideraría lícito matar a un
niño inmediatamente después de nacer, aún invocando razones sumamente entendibles?
¿Por qué, entonces, matarlo antes de que nazca? ¿Sólo por el hecho de no verlo
podemos negar su existencia? ¿Podemos olvidar para estos casos el precepto divino
de no matar?
Algunos podrán invocar razones de humanidad,
para los casos de bebés con malformaciones, enfermedades o discapacidades de
cualquier tipo. Así y todo, ¿puede un ser humano decidir sobre la vida de otro
que singularmente es una criatura de Dios, pensada, formada, creada y sustentada
por él? ¿No es, acaso, negar la eficacia de la soberanía divina sobre el tal
ser, sobre su entorno familiar o sobre las circunstancias que los rodean? Veamos
algunos textos: Éxodo 4:11, Eclesiastés 7:14, Isaías 45: 9-13, Daniel 4:35,
Prov. 16:4.
El aborto es, desde el punto de vista
escritural, la muerte de un ser humano como cualquier otro que, aunque aún no
ha llegado a desarrollarse en toda su potencialidad, de igual modo ya están
escritas de él todas las cosas que habrá de alcanzar, en el decreto de predestinación.
Asimismo, desde el primer instante de gestación el Señor ha impreso en su código
genético toda la información referente a sus características humanas que lo
acompañarán por el resto de su vida: su talla, color de ojos, contextura física,
pero también sus rasgos de carácter, inclinaciones, personalidad, etc.
Como criatura de Dios que es, única e
irrepetible, merece la vida, que en todo caso no es nuestra, sino de aquel que
se la dio.
Matarlo, es cometer un grave pecado,
el cual estaba contemplado aun antes de que la ley se formalizara a través de
los diez mandamientos: Génesis 4:15, 9:6. A través de estas leyes y estos pactos
de Dios con el hombre, lo que el Señor enfatizaba era el carácter santo de la
vida humana, que le pertenece doblemente, por creación y por redención.
Como cristianos, entonces, debemos rechazar
de plano al aborto como opción, y ni siquiera como opción extrema, exceptuando
el caso terapéutico de muerte del feto o de peligro de vida para la madre, el
cual es ya casi nulo debido a los avances científicos modernos. En todo caso,
estas serán situaciones particulares que deberán conllevar tratos particulares
y conclusiones específicas, adaptadas a cada circunstancia, y en ningún caso
se podrá generalizar.
Un punto aparte merecen las consecuencias
indeseadas de un aborto, que rara vez se explican a quien ha tomado una determinación
en este sentido. Más allá de las posibles consecuencias físicas y médicas, que
no es el caso tratar aquí, pero que pueden llevar a la esterilidad permanente
o a la muerte, más abundantes y factibles de aparecer son las secuelas emocionales,
a veces transitorias, las más, permanentes. La naturaleza triple del ser humano
hace que este sea mucho más que sólo un cuerpo, que puede no recibir el impacto
de un hecho tan grave. El alma y el espíritu humano pueden ser atormentados
por serias derivaciones: la ley moral escrita en nuestros corazones por el Creador,
más tarde o más temprano, dará cuenta del pecado cometido.
Existen muchos casos, médicamente comprobados,
de trastornos severos post-aborto: sentimientos de culpa, ansiedad, depresión,
manías, demencia, intentos de suicidio. Muchas veces la persona ni siquiera
relaciona su padecimiento con un aborto anterior, pero la realidad del problema
se encuentra allí.
Es que la consecuencia del pecado siempre
es nefasta. Veamos como ejemplo la historia de David y Betsabé, en 2ª Samuel
11 y 12, y volvamos a comprobarlo en Gálatas 6:7.
También es cierto que todos los pecados
que tienen algún tipo de relación con lo sexual acarrean efectos graves: 1ª
Corintios 6:18, Salmos 32: 3 y 4, Proverbios 6: 32 y 33.
Lo cierto es que, y siguiendo con el
ejemplo de David, nuestro Dios es un Dios clemente y misericordioso, capaz de
perdonar este y muchos otros pecados más, y asimismo presto a borrar nuestras
iniquidades y las heridas que ellas hayan provocado en nuestro corazón.
Sólo hace falta acercarse a El con arrepentimiento,
como David lo expresara en el salmo 51, luego de que el profeta Natán le advirtiera
de su pecado.Recién entonces llega la dicha del perdón y el ser rodeado con
cánticos de liberación ( Salmos 32).
En cuanto al niño que no alcanzó a nacer,
y si creemos todo lo que venimos exponiendo acerca de que es una creación de
Dios, dotada de cuerpo, alma y espíritu al momento de su concepción, podemos
abrigar la esperanza de encontrarlo allí en su gloria, cuando todo lo pasajero
haya terminado, y juntos cantemos las glorias del Cordero...
Porque, estas son "las maravillas
del perfecto en sabiduría" y "Por más que el hombre razone, quedará
como abismado" (Job 37: 16 y 20).