Un
encuentro con la Gloria de Dios
Eliana Gilmartin
Éxodo 33
“Jehová dijo a Moisés: Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la
tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo:
A tu descendencia la daré; 2y yo enviaré delante de ti el ángel,
y echaré fuera al cananeo y al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al
jebuseo 3(a la tierra que fluye leche y miel); pero yo no subiré
en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en
el camino.
4Y oyendo el pueblo esta mala noticia, vistieron luto,
y ninguno se puso sus atavíos. 5Porque Jehová había dicho a Moisés:
Di a los hijos de Israel: Vosotros sois pueblo de dura cerviz; en un momento
subiré en medio de ti, y te consumiré. Quítate, pues, ahora tus atavíos, para
que yo sepa lo que te he de hacer. 6Entonces los hijos de Israel
se despojaron de sus atavíos desde el monte Horeb.
7Y Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó
lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión. Y cualquiera
que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del
campamento. 8Y sucedía que cuando salía Moisés al tabernáculo,
todo el pueblo se levantaba, y cada cual estaba en pie a la puerta de su tienda,
y miraban en pos de Moisés, hasta que él entraba en el tabernáculo. 9Cuando
Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía
a la puerta del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés. 10Y viendo
todo el pueblo la columna de nube que estaba a la puerta del tabernáculo,
se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba. 11Y hablaba
Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero. Y él volvía
al campamento; pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba
de en medio del tabernáculo.
12Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices
a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo.
Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también
gracia en mis ojos. 13Ahora, pues, si he hallado gracia en tus
ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle
gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. 14Y él
dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. 15Y Moisés
respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí.
16¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y
tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos
apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?
17Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho,
por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre.
18El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria.
19Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y
proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que
tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. 20Dijo
más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. 21Y
dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña;
22y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña,
y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. 23Después apartaré
mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.”
Moisés
viene de una gran desilusión con el pueblo, que aprovechando su ausencia momentánea,
ha construido un becerro de oro.
Triste,
desalentado, fatigado por la dura tarea que Dios le ha encomendado, Moisés
quiere abandonar al pueblo, pero Dios lo vuelve a comisionar para seguir conduciéndolos.
Moisés,
entonces, completamente persuadido de su necesidad de Dios, de su debilidad,
de su incompetencia, le ruega al Señor que su presencia los acompañe, porque
sin ella, eran incapaces de continuar.
El Señor le promete su presencia, y Moisés se atreve a solicitarle algo más:
que sean apartados como pueblo, y así preservados de todos los peligros del
camino.
Dios contesta afirmativamente, y entonces Moisés, muy sabiamente, le pide al
Señor lo mejor: “Te ruego que me muestres tu gloria”(v 18)
En un bellísimo relato metafórico, Dios le dice amorosamente que lo esconderá
en una hendidura, y lo cubrirá con su mano para que no muera, ante tan magnífica
manifestación sobrenatural.
Isaías 6:1 a 9
“1En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado
sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. 2Por
encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus
rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 3Y el uno
al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos;
toda la tierra está llena de su gloria. 4Y los quiciales de las
puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de
humo. 5Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo
hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios
inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.
6Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su
mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; 7y
tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es
quitada tu culpa, y limpio tu pecado. 8Después oí la voz del Señor,
que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo:
Heme aquí, envíame a mí.”
Israel
y Judá han colmado la medida de la paciencia de Dios con su pecado, y el juicio
divino está pronto a consumarse.
Si
bien Isaías era natural de Judá, sin embargo le tocó profetizar y ser espectador
de la caída del reino del norte, y profetizar también la caída del reino del
sur. Su tarea no era fácil. Y para su llamamiento al ministerio, Isaías tiene
también un encuentro con la gloria de Dios.
Su
llamamiento se produce al morir el rey Uzías, y podríamos leer este acontecimiento
en “clave simbólica”, es decir, proponemos pensar simbólicamente qué podría
significar la muerte de Uzías.
Entonces :¿Quién era Uzías? Era un rey de Judá que reinó desde los 16 años,
y se destacó por haber realizado grandes obras para la nación:
- Reforzó
la potencia y la independencia de Judá
-
Reorganizó el ejército
-
Restauró las fortificaciones de Jerusalén
-
Venció a los filisteos y árabes
-
Destruyó los muros de Gat, de Jabnia y Asdod
-
Sometió a amonitas y otras naciones
-
Desarrolló la agricultura, edificó torres
en el desierto, excavó pozos.
-
Dio adoración a Jehová, pero permitió los
lugares altos (es decir que, junto con la verdadera adoración permitió otras)
y... seguramente por esto:
-
Su éxito lo ensoberbeció
-
Pretendió usurpar funciones sacerdotales
-
Enfermó de lepra
-
Murió
Recordemos
a este personaje, pero pensemos que Isaías tuvo un encuentro con la gloria
de Dios, justamente cuando murió este “contrapunto” de Isaías, Uzías, quien
parece haber creído poder hacerlo todo por él mismo.
Por
un lado, tenemos al profeta, consciente de sus limitaciones, aterrado ante
la difícil tarea que Dios le encomendaba, sin poder confiar en su capacidad
para hacerla, pero teniendo un encuentro con la gloria de Dios... Y por otro
lado, a Uzías, tan poderoso, tan autosuficiente, tan confiado en sus fuerzas,
tan arrogante...
...tan
enfermo, tan solo, tan muerto...
Ezequiel 1:1, 4, 24-28 y 2:1-2
“1Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los
cinco días del mes, que estando yo en medio de los cautivos junto al río Quebar,
los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios.”
“Y miré, y he aquí venía del norte un viento
tempestuoso, y una gran nube, con un fuego envolvente, y alrededor de él un
resplandor, y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente.”
“24Y oí el sonido de sus alas cuando andaban,
como sonido de muchas aguas, como la voz del Omnipotente, como ruido de muchedumbre,
como el ruido de un ejército. Cuando se paraban, bajaban sus alas. 25Y
cuando se paraban y bajaban sus alas, se oía una voz de arriba de la expansión
que había sobre sus cabezas.
“26Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se
veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura
del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él.
27Y vi apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego
dentro de ella en derredor, desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde
sus lomos para abajo, vi que parecía como fuego, y que tenía resplandor alrededor.
28Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve,
así era el parecer del resplandor alrededor..”
“2:1Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré
contigo. 2Y luego que me habló, entró el Espíritu en mí y me afirmó
sobre mis pies, y oí al que me hablaba. 3Y me dijo: Hijo de hombre,
yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra
mí.”
Ezequiel profetiza
antes y durante la destrucción de Jerusalén en manos de Nabucodonosor. Para
su llamamiento, Ezequiel tiene, también, un encuentro con la gloria de Dios.
La descripción es en sí misma maravillosa: son ruedas, seres angelicales, estruendos,
luces y alas batiendo... Evidentemente Ezequiel estaba viendo algo completamente
diferente a todo lo conocido, algo que no podía compararse con nada, absolutamente
nuevo para él, y para describir lo inefable, echa mano de las imágenes y metáforas
que para él se adaptaban mejor a la realidad que estaba observando espiritualmente
y que lo sobrecogía.
Puntualicemos
-
Ahora bien: Este encuentro
con la gloria de Dios, ¿Es solamente necesario al comienzo de un ministerio,
cualquiera que este fuera? Evidentemente no: vemos en el caso de Elías que
esta es una experiencia que debe renovar día a día el ministerio. En 1º
Reyes 19 lo vemos a Elías huyendo de una mujer, luego de haber realizado
una “proeza” contra los profetas de Baal, y allí mismo tiene un encuentro
con la gloria de Dios, que lo pone una vez más de pie y en carrera, para
la tarea nada fácil de ungir un rey y el profeta que iba a sucederlo a él
mismo.
-
¿Es que solamente esta era
una manera de manifestarse el Señor en tiempos del AT? Evidentemente no.
En Mateo 17 tenemos a Pedro, Jacobo y Juan teniendo un encuentro
con la gloria de Dios, pudiendo ver al mismo Señor transfigurado ante sus
ojos. O en Apocalipsis 1: 18, cuando Juan tiene esa visión
magnífica del Señor todopoderoso en su trono, justamente antes de recibir
el último mensaje para el pueblo de Dios de todos los tiempos, es decir,
el libro de Apocalipsis.
Frente
a las terribles persecuciones que asolaban a los cristianos, especialmente
la más feroz que se había desatado en tiempos de Juan, el apóstol tiene una
visión de la gloria de Dios, y de Jesucristo en su trono, soberano, reinando:
cuando todo parecía sucumbir ante el poderío terrenal de los romanos, cuando
la esperanza de un Reino estaba debilitándose en los corazones apaleados de
los mártires, Dios se rebela en toda su gloria... Es como si hubiera querido
recordarle a Juan, y a todos nosotros cada vez que estamos en circunstancias
semejantes, que Él reina, que Él está detrás de todos los hilos de la historia,
que todo está en su mano, aun lo que parece descontrolado... Que podemos estar
en paz frente a un Dios tan absoluto.
¿Qué es, exactamente, un encuentro con la gloria de Dios?
-
Es
la percepción, magnífica, sobrenatural, y espiritual, de la grandeza y magnificencia
de Dios, que excede todo pensamiento, toda aproximación, todo intento humano
por describirlo, por encasillarlo, por abarcarlo, por obligarlo...
-
Es
la percepción, magnífica, sobrenatural y espiritual, de la absoluta “otredad”
de Dios: Dios es el absolutamente otro, el inabarcable, el trascendente,
el soberano, el que hace como quiere y donde quiere y si quiere.
-
Es
la percepción, magnífica, sobrenatural y espiritual, de nuestra insignificancia,
frente a su grandeza. De nuestra nada, frente a su todo. De nuestra incapacidad
frente a su capacidad.
-
Porque
este encuentro con su gloria nos coloca en la correcta perspectiva frente
a nosotros mismos, frente a los demás y frente a Dios: porque Él lo es todo,
y yo no soy nada. Él merece todo, y yo no merezco nada.
-
Porque
los cielos de los cielos no lo pueden contener, y Él está en el cielo y
nosotros sobre la tierra, como dice Eclesiastés.
-
Sin
embargo, es necesario decirlo, no obstante ser Él, realmente, un Dios de
Gloria, ha condescendido y sigue condescendiendo hasta nuestra insignificante
condición, para revelarse, para amarnos, para considerarnos, y para recibir
la nada que podemos darle.
Para
cualquier ministerio, desde levantar un papel del piso, hasta el de la música,
desde dar un plato de comida al necesitado, hasta el ministerio pastoral,
desde la predicación hasta la ayuda, es necesario tener un encuentro con la
gloria de Dios: no puede, ni debe, empezarse, continuarse o terminarse de
otra manera. Este encuentro especial, que va más allá de los sentimientos,
le dará:
Cuando David era llamado a la presencia de Saúl para tocar el arpa,
cuando el rey tenía esos ataques de malos espíritus: ¿Por qué se lo llamaba
a él? ¿Cuántos músicos más experimentados que David había en una corte como
la de Saúl? Lo llamaban a David porque él sabía traer la presencia de Dios...
¿Cómo lo habría logrado?
Consecuencias
de un encuentro con la gloria de Dios
-
Dios se muestra
como es y yo me pongo en correcta perspectiva con Él y con todo lo demás,
incluyendo mi ministerio. De esta consecuencia devienen todas las demás.
-
Soy transformada
(“Mirando a cara descubierta la gloria del Señor, soy transformado”, dice
Corintios).
-
Soy limpiada y
santificada, recordemos el caso de Isaías.
-
Mi testimonio
es otro, porque yo misma soy otra, y los demás pueden verlo (como veían
el rostro de Moisés refulgente).
-
Soy impelida necesariamente
a servirle, pero ahora desde otra perspectiva y desde otro ángulo.(“Envíame
a mi”)
-
Soy movida a humillación
y a adoración, en espíritu y verdad, porque ¿qué otro lugar me corresponde,
sino es a sus pies, adorando tanta grandeza?
Leamos, para finalizar, la “Declaración de Cambridge”*
de la Alliance of confessing evangelicals:
“SOLI DEO GLORIA: LA EROSION DE LA ADORACION CENTRADA SOLAMENTE EN
DIOS”
Cuando
en la iglesia la autoridad bíblica se ha perdido, Cristo se ha desplazado,
el evangelio se ha distorsionado, o la fe se ha pervertido, siempre ha sido
por una razón: nuestros intereses han desplazado los intereses de Dios y entonces
hacemos su trabajo según nuestros intereses y como nos plazca. La pérdida
de la centralidad de Dios en la vida de la iglesia de hoy es un hecho común
y lamentable. Esta pérdida es la que nos permite transformar adoración en
entretenimiento, la predicación del evangelio en mercadeo, fe y creencia en
técnicas, ser bueno en sentirse bueno y sentir bueno, y fidelidad en éxito
o sentimientos de haber obtenido santidad. Como resultado de esto, Dios, Cristo
y la Biblia comienzan a tener poco significado para nosotros y no tienen tanta
influencia sobre nuestras vidas.
Dios no existe para satisfacer ambiciones humanas, deseos y apetitos
de consumidores o nuestro intereses espirituales privados. Debemos enfocarnos
en Dios en nuestra adoración, en lugar de buscar en la adoración la satisfacción
de nuestras necesidades personales. Dios es soberano en adoración; nosotros
no lo somos. Nuestra preocupación absoluta debe ser por el reino y la gloria
de Dios, no por nuestros imperios, popularidad o éxito.”
Se produce, así, cuando la Iglesia y yo personalmente, me
ocupo de lo que debo ocuparme, de su gloria como cosa prioritaria, una retroalimentación
de este proceso: yo me encuentro con su gloria, y Dios derrama más y más de
su gloria: dice 2º Crónicas 5:13 y 14
“Cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban
todos a una, para alabar y dar gracias a Jehová, y a medida que alzaban la
voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a
Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre;
entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. 14Y no
podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque
la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios.”
Y Habacuc 2:14, promete:
“Porque
la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas
cubren el mar.”
No
es cualquier conocimiento. No es el conocimiento de sus portentos, de su poder,
de sus milagros. Es el conocimiento de su gloria, que es mucho más que sólo
esto. Es el evangelio del reino que la iglesia debe proclamar y cada uno de
nosotros debe vivir hasta las últimas consecuencias: que el es Rey soberano,
y nosotros nos debemos a Él en amor y devoción.
Que
así sea.
* Se puede leer completa en http://www.christianity.com. Reproducida
con permiso expreso de los editores
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Eliana Valzura de Gilmartin |
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