El Siervo de Dios

Los que con el oído atento estamos observando en estos días las expresiones de una abundante verborragia evangélica, nos encontramos hasta a veces desconcertados por la falta de uso con propiedad de los términos escriturales. San Pablo nos habla en el comienzo de la carta a los romanos, diciendo:
“Pablo, siervo de Jesucristo...”
Vemos que antes que nada le es necesario presentar su “carnet de identidad”: “...siervo de Jesucristo...”.
San Pablo declara que no tiene otra credencial ni ante Dios ni ante los hombres que la de estar sujeto a su amo, casi “encadenado” a su soberano, aunque no como esclavo en rebeldía, sino con todos sus sentidos despiertos y dispuestos a la menor señal de su Señor, aprendiendo cada vez más cómo interpretarle.
El siervo de Jesucristo siempre sabe lo que el Señor dice y quiere, porque siempre lo está contemplando, viviendo continuamente en su Presencia: conoce sus gustos... capta los menores detalles de todos sus movimientos...
El siervo de Jesucristo está tan absorto en Él que no tiene, ni desea, tener tiempo para sí mismo. Ha dado todo, no tiene otra complacencia que dar gloria a su soberano. Y al verle a Él le es transmitido su gozo, del cual vive, gozo que no le es propio, sino de Dios. Dice en 2º de Corintios 7:4: “...sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones.”
Éste es el siervo de Jesucristo que al decir de Lutero combina la majestad con la humildad: porque Pablo no se muestra como primero, ni fundador de algo, o líder. No lleva adelante sus proyectos, ni confía en sus iniciativas. Esta actitud humilde produce en Pablo una majestuosa expresión de júbilo, como si dijera: ‘ yo cumplo los deseos y la voluntad del más soberano de los reyes, por lo que no hay mayor privilegio para mi, ni dignidad, que sobrepase la mía: soy siervo de Jesucristo.’
¡Cuánta apropiación inadecuada de este término!... “siervo de Jesucristo”... vemos en estos días... y, por supuesto, con los consecuentes resultados: el siervo manda y el amo obedece. Se lo obliga al Señor a hacer y cumplir los proyectos y órdenes de quienes aun no han aprendido que el siervo se forja en el crisol, a alta temperatura, como el oro...Y no es tan difícil diferenciar el oro de otro metal, ¿no es cierto?
Creo firmemente que la vida de Dios en un cristiano se instaura en niveles de luz, como dice 1º de Juan 1:5 “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en Él”.
El primer toque de Dios en el ser humano es de luz y no de una luz con procedencia dudosa, ya que el pecador se arrepiente si esa luz proviene de la Cruz. Porque cualquier otra luz no produce arrepentimiento.
Hoy, más que nunca, abundan los iluminados en el mundo. Necesitamos probar los espíritus para ver si son de Dios (1º Juan 4:1).
Así como en una planta de producción, de cualquier industria, el producto antes de salir al mercado pasa por un estricto control de calidad en el “banco de pruebas” (micrómetros, calibres y, actualmente, sofisticados sistemas computarizados), así también en la Iglesia del Señor contamos con el banco de pruebas más eficiente, que detecta hasta lo más escondido: no son rayos láser, sino que es la luz infinita que emana de la Cruz.
Pongámosle la Cruz a nuestra vida, plantemos la Cruz en el medio en que nos movemos, y aprendamos a diferenciar entre tinieblas y luz, entre lo santo y lo profano.
Esta es la condición del siervo de Jesucristo: ser levantado y clavado en la Cruz para que no sea vista una Cruz vacía.
Cuando se predica una Cruz vacía, la gente se hace religiosa. La gente quiere ver a alguien clavado en la Cruz, es decir, a un exponente vivo del mensaje. Podríamos afirmar que hasta que no se sienten los clavos que atraviesan nuestras manos y la lanza clavada en nuestro costado, no sabemos quién es Jesús, y no podemos declarar con verdad que somos siervos de Jesucristo: es tan alto este lugar y tan digno este rango, que para apropiárnoslo deberíamos primero temblar bajo el santo temor de Dios.
Este servicio sólo proviene de una relación de amor profundo, íntimo, tan fuerte, que estar en este mundo sólo tiene sentido en condición de siervo, porque toda otra cosa es considerada basura, para ganar a Cristo (Filipenses 3:8).
Ignacio de Antioquía, condenado a morir despedazado por las fieras en el circo romano, repetía: “Que las fieras estén ávidas de acometerme; si no lo están, yo las obligaré. ¡Vengan!, jaurías de fieras; ¡Vengan!, desgarramientos y mutilaciones, quebranto de huesos y desmembramientos; ¡Vengan!, crueles torturas del diablo. Solamente alcance yo a Cristo”...
Pareciera que en la frescura del primer siglo de la Iglesia del Señor, la meta era alcanzar a Cristo...
Hoy en día se puede observar que son la mayoría los que dicen haber alcanzado ya a Cristo, los cuales se transforman en siervos de las multitudes, cuando el Señor nos ha llamado a ser siervos de su Trono.
También es posible observar a aquellos que en vez de ser conductos del fluir de la misericordia y de la gracia, transmiten con énfasis su propia lástima para terminar siendo humanistas disfrazados y escondidos dentro de versículos bíblicos.
Que el Señor nos perdone si en alguna manera estamos nosotros implicados en un servicio que no sea transparente delante de El.

Adelqui Donda

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