Cuando viajo en
avión, (y suelo hacerlo algunas veces), no se termina mi capacidad
de asombro al considerar que una mole de acero como es un Boeing 747 pueda
levantar vuelo, mantenerse en el aire, volar a veces a más de mil kilómetros
por hora, y luego aterrizar con su pesado fuselaje, en una relativa suavidad
que invita a glorificar a Dios, por haber dado al hombre tanta capacidad creativa
y eficiencia.
Cuando experimento esto, siempre me viene al pensamiento la función
tan estimable que hace la torre de control evitando el caos de catástrofes
que se producirían sin su intervención...
La torre de control es necesaria para evitar siniestros, que demasiado a menudo
suceden en los medios de transporte, cualquiera sea la ruta que transiten.
Si fuera buen poeta, me gustaría dedicarle un poema a la torre de control
que aparece como cosa clásica en todos los aeropuertos, a veces más
sofisticadas en unos que en otros... pero no la vamos a sofisticar tanto...
Solamente quiero decir que esa torre me ha hablado algunas veces acerca de
que el asombro, altamente justificado, del creyente ante la magnífica
presencia de Dios necesita una torre de control para las emociones que emanan
de él.
Hay una polémica desencadenada con respecto a las emociones: quienes
no adhieren a la realidad de ellas, llaman a sus manifestaciones " emocionalismo",
en un tono bastante despectivo y en algunos casos hasta preocupante.
Las emociones deben, necesariamente, aparecer ante la magnífica presencia
de Dios, y bendicen al espíritu, al alma y al cuerpo, siempre que la
torre de control esté funcionando.
En el caso de los aeropuertos la torre de control no está puesta para
que los aviones no despeguen, vuelen ni aterricen, sino para que lo hagan,
sin que ocurra ninguna catástrofe... Y los aviones siguen llegando
a su destino.
¿Quién permanecerá en pie ante la presencia de Dios?
Sólo un corazón religioso y frío no puede emocionarse.
Pero quien ha visto en la Escritura Sagrada los elementos que conducen al
equilibrio del ser humano, tiene que dar libertad a las emociones y establecer
un control de ellas.
Si no tenemos en cuenta lo que el Señor Jesús les dijo a los
saduceos para hacerles ver en el error que estaban, que ignoraban las Escrituras
y el poder de Dios, no podremos entender jamás lo que es el equilibrio
que debe manifestar el creyente, ante todo en la presencia de Dios.
El control de las emociones, que deben estar presentes en la liturgia y en
la prédica cristianas, consiste en establecer la vigencia del Espíritu
y la Letra. El Espíritu toca las fibras emocionales del ser humano,
la letra establece si esas emociones son carnales o espirituales, y estas
últimas son las que valen.
No le tengamos miedo a la aparición de las emociones cuando en el culto
cristiano se presentan, pero tengamos el suficiente discernimiento para detectar
de dónde provienen. Y esto lo hará la torre de control que Dios
ha puesto en la Escritura y en el poder de Dios, que en un perfecto equilibrio
nos han de ayudar a terminar con esta polémica que conocemos desde
hace más de treinta años.
Espectáculo no, frialdad tampoco. Equilibrio sí, que no hay
que confundir con la tibieza de la cual hablaremos en otra ocasión.
Jorge Pradas