Pequeñas Historias en el Mar

El barco, llamado Lady Isabel, era de unos 140 mts. y estaba sobrecargado, de modo que los “containers” llegaban a la altura del puente, y la línea de flotación estaba por debajo de lo prudente. El destino final era Asia, aunque se haría una escala en Bahía Salvador, donde mi equipo y yo bajaríamos después de reparar los motores.
El movimiento del barco, llamado rolido, era muy fuerte, razón suficiente para que la mayoría se sintiera descompuesta y permanezca en sus camarotes. El péndulo que marca el rolido llegaba a valores cercanos al límite: alrededor de los 40 grados. Todos sabíamos que cuando el barco llega a ese punto puede o bien volver a su posición normal o bien dar una vuelta de campana. Las chances de salvarse, dadas esas circunstancias, son mínimas: la altura del buque y la presión del agua a más de 25 mts de profundidad no dan posibilidades.
A mí me gustan las tormentas, y mirar las olas estrellarse contra el casco, inundando la proa del barco por unos segundos, así que, tras la invitación del capitán a tomar café con él me fui al puente de mando, desde donde podría mirar el imponente espectáculo del mar encrespado y del viento jugando con la bruma y despeinando las olas.
Eran las diez de la mañana cuando me encontraba conversando con el capitán y dándole testimonio del evangelio. El estaba de pie, de espaldas a los parabrisas del barco y de frente a mí, que estaba sentado en una alta silla, tomado con mi brazo de una columna.
Mientras lo miraba a él y podía a la vez contemplar todo el panorama que el mar me ofrecía, de pronto una ola muy grande pegó en la banda derecha del barco (llamada estribor) y fue tan fuerte que el barco quedó clavado pasando los 40 grados. El capitán, aferrado al pasamanos y con sus pies prácticamente en el aire, insultaba al barco y maldecía... Yo, al estar asido a la columna, permanecí viéndolo todo, azorado, contemplando cómo las olas seguían pegando en la cubierta... Se escuchaban los gritos de terror de los marineros y de todos los que estaban abajo, y el ruido espantoso de los cacharros de la cocina: platos, fuentes, ollas, vasos, y cantidad de repuestos y herramientas de los pañoles, cayéndose y entrechocándose frenéticamente.
Yo veía pasar ante mis ojos, arrojados, los instrumentos de navegación, las cartas y las banderas de maniobras, y todavía mirando por la ventana desde la columna a la que estaba sujeto, con todo mi corazón, grité: ¡Señor, haz algo, ayúdanos! ... En ese mismo momento se cortaron los cables de acero que sostenían los containers de la banda izquierda (o babor), y tres grandes moles de 12 pies cayeron al mar, provocando que el barco volviera a su posición normal.
Pasado el susto, mientras la tripulación a pleno se puso a trabajar y a poner todo a son de mar, el capitán mirándome me dijo: ‘gracias a Dios’.
Volvimos a Río de Janeiro, luego de avisar del accidente a Capitanía de Puerto para que ellos con aviones ametrallaran los containers que flotaban y representaban un peligro para otros barcos.
Permanecimos tres días en Río, donde Dios me dio oportunidad de manifestar la Gloria de nuestro Señor, que también es el Dios de las tempestades y acude a nuestro socorro, siempre atento a nuestra oración. No hay nada que pueda impedir que el glorioso Señor, Creador del cielo y del mar y de todo lo que en ellos hay, sea todopoderoso y fiel y se deleite en tener misericordia.

José Gardellini

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