La Salvación procede de Dios

Cuando hablamos acerca de la salvación, estamos queriendo referirnos a ese acto eterno de Dios operado soberanamente por el Espíritu Santo en el corazón del hombre. Lo que en las Escrituras encontramos como “regeneración” o “nuevo nacimiento” ( Tit. 3 : 3 - Jn. 3: 3 ).
Por lo tanto, nuestra atención se va a centrar en este inicial y primer aspecto, por cuanto la salvación que Dios ha provisto en Cristo Jesús es muy grande y tiene propósitos altos y definidos que demandarían un estudio más profundo. Se hace necesario hablar en primer término de ese momento tan importante para el creyente, a fin de que estemos afirmados en lo que Dios dice en su Palabra, para que procuremos cuidarla con TEMOR Y TEMBLOR.
La primera afirmación es la que sirve de título al presente artículo:
LA SALVACIÓN PROCEDE DE DIOS
«La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Cristo Jesús) (Ap. 7:10)
«La salvación es de Jehová; sobre tu pueblo sea tu bendición” (Sal. 3:8).
«Israel será salvo en Jehová con salvación eterna; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos» (Is. 45:17).
(Otras citas: Jon. 2:9 - Sal. 37:39)
El Señor Jesús, durante los días de su ministerio terrenal, dijo: “Ninguno puede venir a mi, si no le fuere dado del Padre” (Jn. 6:65), estableciendo así una verdad proyectada en todas las Sagradas Escrituras: nadie sobre la tierra puede otorgar la salvación y tampoco nadie podrá quitarla, porque la salvación pertenece a nuestro Dios.
La segunda afirmación: JESÚS ES LA PUERTA
“Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará y saldrá, y hallará pastos.” (Jn. 10:9).
Jesús habla de sí mismo como la puerta de las ovejas. No hay salvación para aquellos que no entran por ella.
“Entrar por la puerta”, significa creer que Jesús es el Hijo de Dios, tal como lo declara la Palabra de Dios: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna...”
Jn. 3:36 - “El que tiene al Hijo de Dios tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1» Jn. 5:12).
“Entrar por la puerta” significa creer en el misterio de la encarnación, creer que el eterno Hijo de Dios, el increado, se hizo hombre, semejante a nosotros, nació de la bienaventurada virgen María, padeció la muerte y muerte de cruz ocupando el lugar que merecía el pecador; fue sepultado, y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras. Este paso de fe dará lugar al nuevo nacimiento, dará lugar a la regeneración.
Cuando no se ha entrado por la puerta, hay muchas dudas acerca de la salvación y se persiste en el pecado. Pero cuando se ha creído de todo corazón, el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, porque: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.” (1» Jn. 5:10)
Es por esta única razón que las dudas comienzan a disiparse, el pecado a resistirse, y la fe y la confianza en el todo suficiente sacrificio de Cristo comienzan a operar. Es entonces cuando se hacen realidad las palabras del Maestro: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10:27-29).
JESÚS ES LA PUERTA : ENTREMOS POR ELLA.
La tercera afirmación: LA SALVACIÓN ES POR GRACIA
“Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9).
Cuando las Escrituras hablan de la gracia de Dios que opera para salvación, están dando a entender con toda claridad, que esta se recibe en forma gratuita, siendo inmerecida en el más amplio sentido de la palabra. La gracia de Dios es esa bondad infinita, esa compasión sin fronteras, ese amor sin límites que es aplicada al hombre, precisamente porque éste no puede hacer absolutamente nada para alcanzarla por sí mismo. Está destituido de la gloria de Dios, muerto en sus delitos y pecados, inhabilitado para todo esfuerzo salvífico.
Es por la gracia de Dios y el trabajo del Espíritu Santo impartiendo fe, que el hombre puede reconocer la salvación ganada por Cristo Jesús en la cruz del Calvario.
Reconocer que la salvación es POR GRACIA Y SÓLO POR GRACIA, es reconocer la soberanía de Dios en su acto más bondadoso que imparte salvación sobre la humanidad perdida, sin tener en cuenta el pecado de los hombres.
La Doctrina de la gracia de Dios impregna toda las Escrituras y deja perplejo al más ilustre; escapa a la limitada comprensión humana, porque quién es aquel que podrá acaso entender que: “...de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).
Nos resta, por lo tanto, a aquellos que hemos creído, ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor, porque ... ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?

Nelly de García

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