Nos ocupamos hasta aquí de todo lo que tiene que ver con el ministerio público y visible de un siervo de Dios, de la preparación previa a dicha tarea, tanto en el área intelectual, en la búsqueda, el estudio, la lectura, cuanto en el aspecto espiritual, en lo que hace a la oración y el ayuno. Advertimos sobre la importancia de encarar todo servicio a Dios pertrechados con estas armas que El nos ha provisto, desterrando para siempre la improvisación o la confianza desmedida en uno mismo, lo cual podría acarrear orgullos, vanidades y ministerios tal vez muy refulgentes, pero poco espirituales de todas formas.
Ahora bien, el ministro, el siervo, el obrero de la mies del Señor, antes de ser tal, es un hombre, es una mujer, un hijo o hija de Dios. Es, en fin, un creyente nacido de nuevo. Como tal, más allá del rol que le quepa en la congregación o en el Cuerpo de Cristo en general, tiene necesidades espirituales que llenar, insatisfechas las cuales vivirán una vida cristiana flaca y debilitada, a merced de toda suerte de problemas, tentaciones, altibajos, y otras cuestiones propias del peregrinaje cristiano. De esto trataremos en esta última parte: de la orientación para la vida privada del siervo de Dios.
Es que no es suficiente con tener el respaldo para el ministerio público: también habrá que tenerlo para la vida. Es verdad que muchos hay ya por el mundo ministrando, o pretendiendo hacerlo, sin gozar del mínimo respaldo indispensable de parte de Dios. No nos ocuparemos de ellos, que serán conocidos por sus frutos.
Partimos de la premisa básica que sin el respaldo de Dios en el ejercicio del ministerio no se puede ministrar. El apóstol Pablo no andaba en su tiempo por si acaso Dios quisiera usarlo, por las dudas que su palabra pudiera bendecir a alguien. Pablo sabía lo que hacía, tenía convicción acerca de su llamamiento, y era consciente de que Dios lo apoyaba, otorgándole autoridad y seguridad en todos sus pasos. Seguro que pasaba horas de su precioso tiempo a los pies del Maestro, buscando lo que necesitaba. Todas sus credenciales humanas quedaban a un lado: Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo (Filipenses 3:7). El conocía de cerca a aquel que una vez se le había aparecido en el camino. No vivía de emociones, vivía de certezas. No parece posible que este baluarte de la fe haya podido mirar hacia atrás en algún momento de su vida considerando haber perdido muchos años, sin fe, sin fuerza, sin vigor en el servicio. Cuando el apóstol Pablo miraba hacia atrás en su camino podía decir con certidumbre: He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que amen su venida. (2¼ Timoteo 4:7 y 8).
Es verdad que la paz pública del ministerio siempre es la más vista, y muchas veces, confundidos, pensamos que la preparación directa para el desarrollo del servicio es la más importante. En realidad, los aprestos para el ministerio público son tan importantes como aquellos para la vida privada. Es que no podemos sustraernos a la patente verdad: Antes que siervos, somos hijos, y como hijos, pequeños o maduros, necesitamos la cercanía del Señor, el amor del Señor, la mano sobre nuestro hombro, la consolación, la palabra a tiempo, la orientación en la tormenta, la fuerza en la debilidad... Como el agua al sediento habrá de ser nuestra necesidad de Cristo, de su presencia, de su obrar en nuestro corazón... Porque somos tan necesitados de El cómo el más necesitado de la congregación que lideramos, cuidamos y alimentamos. Sólo que muchas veces no lo advertimos. Estamos tan ocupados con la obra del Señor, que no tenemos tiempo para el Señor de la obra.
Puede ocurrir que nuestro ministerio siga vigente, nuestro trabajo sea exitoso, convoquemos multitudes y la gente nos ame, y mientras todo funciona bien en lo exterior, nuestra vida interior se está secando, carente de la diaria comunión con el Padre que la alimente. Puede suceder que seguimos siendo usados, mientras un gran vacío se adueña de nuestro ser haciéndonos sentir miserables, o tal vez, será peor, profesionalmente impecables, pero espiritualmente indiferentes.
Nada puede reemplazar a la unción fresca de su presencia continuada. Nada puede combatir mejor la aridez que las lágrimas vertidas sobre la dureza de nuestro corazón. No hay fórmulas para garantizar el éxito. Sin embargo, están con el Señor en la majestuosa cercanía de su presencia cada día. ¿No será algo parecido a él?
Cuando nos alejamos íntimamente del Señor, podremos hacer quizás las mismas cosas, pero nuestro corazón se irá cerrando al ritmo de los días... El endurecimiento del corazón, muchas veces, es un proceso sostenido, pero oculto y solapado, de modo de no darnos cuenta cuán lejos estamos quedando de nuestro amado Señor a quien servimos. Puede llegar a un punto tal en que pensemos que nadie debería decirnos nada, más que adularnos. En lugar de recibir la profecía, encarcelamos al profeta. Es que ya no estamos receptivos a la Palabra de Dios que quiere corregirnos, encauzarnos o amonestarnos. Si estamos en el tope del éxito, mucho menos: no tocar al ungido de Dios es la premisa que más nos agrada... Este es un gran riesgo al que nos exponemos si cada día no vamos a la cruz anhelantes. Sólo nos escucharemos a nosotros mismos, y nuestra voz, que casi siempre será complaciente, impedirá que oigamos la del Señor, que nos habla soberana, o a través de algún hermano.
Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. (Mateo 11:25)
Es una gran verdad, inobjetable, que el Señor puede y además quiere revelar cosas a muchas personas que quizás a los ojos humanos no aparezcan como las más adecuadas o las más dignas. Dios puede hablarnos a través de quien El quiera ¿Le enseñaremos nosotros cómo deberá hacerlo en nuestro caso? Todo va en la sencillez y apertura de corazón de quien recibe la palabra, y tiene la perceptividad suficiente como para aceptarla de parte de Dios, y guardarla en el corazón. Sucede que muchas veces nos convertimos en intocables... nuestra altura espiritual llega a tal, que nadie nos puede alcanzar... ni el Señor...
Este fue el caso de Asa, y lo es también de muchos siervos del Señor...
La historia de este rey de Judá recogida en los libros sagrados es sorprendente, y a la vez paradigmática. Asa llega a su reinado, el tercero de Judá, por el año 911 A.C. y conserva su corona durante cuarenta y un años, período considerable en el que introduce en la nación numerosas reformas beneficiosas.
Asa era un hombre que conocía a Dios, y su gobierno, puesto que se lo había encomendado el Señor, puede considerarse como ejemplo para el ministerio y el servicio.
Este monarca comienza su gobierno con una victoria resonante sobre el enemigo. En efecto, Zera etíope los enfrenta con un ejército de considerable magnitud, un millón de hombres y trescientos carros, pero es derrotado por las tropas de Asa, que podrían haber contado apenas con la mitad de guerreros que su adversario. Sin embargo, a pesar de la enorme diferencia de poderes, este rey cuya espiritualidad no podía ser discutida, gozaba de un beneficio del que no disfrutaban los otros: él tenía al Señor, y frente a tamaño desafío, ora a El, pone su confianza en El, y se lanza seguro de sus pasos (2¼ Crónicas 14:11). De resultas, Asa sale victorioso.
El segundo hecho significativo de su reinado comenzó cuando el profeta Azarías exhorta al rey y al pueblo a volverse a su Dios (15:2). Da inicio allí un real avivamiento espiritual, que tiene como primer escalón la limpieza y la santificación del pueblo, a través de la destrucción de todos los ídolos. El segundo paso fue presentar sacrificios al Señor, y prometer buscarle a El por sobre toda otra cosa.
Mucho tiempo había pasado la nación sin ley, sin sacerdote y sin Dios. A partir de allí el pueblo se volvió al Señor, y El, siempre fiel, se volvió al pueblo, de modo tal que un gran avivamiento comenzó a descender de lo alto. Se trajeron a la casa de Dios las ofrendas que se le habían dedicado, y no hubo más guerras por treinta y cinco años.
No podemos casi imaginar qué hombre de Dios tan tremendo era Asa, que logró pacificar y purificar la nación por más de tres décadas, consiguiendo que el pueblo viviera en cercanía con el Señor, y restaurando el culto.
Era tal el estado de Judá, que hasta de las naciones vecinas se acercaban para conseguir si acaso un poco de lo que ellos estaban viviendo.
Hasta aquí la historia de Asa es realmente ejemplar, y nos muestra a un siervo de Dios digno de imitar, preparado para su ministerio, conduciendo al pueblo hacia las buenas pasturas, y encaminando por mucho tiempo a una nación de por sí rebelde y contradictoria.
Parecería ser que un varón de Dios de estas características, que permanece fiel e inobjetable por tanto tiempo, desarrollando con unción y éxito su servicio, nunca habría de tropezar... Sin embargo, en alguna encrucijada del camino, el experimentado Asa confió en sí mismo, en su capacidad e idoneidad, y se soltó de la mano de su maestro.
En lugar de clamar a Jehová como había hecho siempre, echa mano de recursos humanos, buscando alianzas y preferencias que Dios no le había indicado. A los ojos naturales, tal vez, Asa no hizo nada reprochable. Quizás hasta haya sido tácticamente genial. Pero no era lo que Dios quería, y aquí está la clave. Asa, mientras tanto, no lo percibía, porque no se había tomado la molestia de consultar con el Señor.
Seguramente este rey había perdido la frescura de la presencia de Dios en su corazón, la comunión íntima y diaria con el verdadero Soberano de todas las cosas. Asa ya no tenía la sencillez de antes, cuando conocía de cerca que era depender de Jehová: era un monarca experimentado, y ya sabía todo lo que tenía que saber... pero de pronto se encontraba solo... el Señor ya no estaba con él.
La idea brillante que acudió a su mente fue despojar al templo de todas las ofrendas que estaban dedicadas a Dios, y dárselas al enemigo, para conservar la paz. ¿Solución lógica? Tal vez, pero para nada espiritual. Con este arreglo al que Asa llega, se pone al desnudo cuál era la situación del corazón del rey, y a qué valor se había reducido su comunión con el Señor. Asa no le ofrece a Ben-Adad sus riquezas personales, sino que consiente en despojar al templo de aquello que por derecho correspondía sólo a Jehová. Su corazón estaba duro: había perdido su primer amor.
Enseguida viene un profeta, Hanani, para reconvenirlo, refrescando su memoria hacia los tiempos en que andaba de la mano de su Señor, épocas lejanas en las que clamaba a El, y El le respondía... Locamente has hecho (l6:9), le exhorta... La locura principal había consistido en dejar de lado la comunión con Dios, haciendo que su corazón no fuera ya perfecto.
El Señor, tan bueno y amoroso, no lo desechó ante semejante traspié: le estaba hablando directo al corazón a través de un vidente. Seguramente no para condenarlo, para destruirlo, sino para devolverlo al camino correcto, para restaurarlo a la cercanía de la comunión. No obstante, este siervo que por tantos años había transitado fluidamente por la voluntad de Dios, ahora no quería saber nada. Su corazón se había vuelto impenetrable, de modo de no aceptar nada que no fueran palmadas en el hombro.
En lugar de quebrantarse, arrepentirse, cambiar de rumbo y buscar a Dios para retornar a su agradable amistad, se enoja, se endurece y no acepta la amonestación, encerrando a Hanani en la cárcel.
Al fin de sus días, este gran rey, exitoso de antaño, enfermo gravemente. Tampoco así abrió su corazón a los llamados del Señor, y otra vez eligió volverle la espalda (16:12). Al cabo de dos años, muere, y es despedido con los honores de un rey. Pero muere enojado, muere endurecido, muere alejado de aquel que durante tantos años había sido el sostén de su ministerio. Dios no le envió otro profeta ni le otorgó otra oportunidad: virtualmente Asa se quedó fuera de los planes del Señor.
¿Fue su error fundamental equivocarse? En ninguna manera, puesto que todos nos equivocamos. Su error mayor fue no volverse de su equivocación cuando tuvo la oportunidad para hacerlo.
Asa fue ejemplo primero y contraejemplo después, y su historia quedó escrita para nuestra advertencia.
El siervo de Dios debe ser firme y tener autoridad. Pero su corazón habrá de estar tierno y quebrantado, como el primer día. Hemos sido llamados a componer un cuerpo, la Iglesia, en el cual somos todos miembros los unos de los otros. Nos debemos los unos a los otros. Nos sujetamos los unos a los otros.
Si examinando nuestro corazón advertimos que nadie puede decirnos nada, indicarnos nada, señalarnos nada, corregirnos nada, busquemos con intensidad en qué punto del camino renunciamos a que el Señor trabaje sobre nuestra vida como El quiere.
El éxito en el ministerio, como en la vida cristiana en general, no reside en lo grandes o hermosos, o famosos que podamos haber llegado a ser. El triunfo ministerial reposa en cuán cerca hemos podido estar de la voluntad de Dios.
¿Cómo podríamos pretender llevar fruto para su gloria si no hemos permitido que nuestra semilla caiga en tierra y muera?
Ninguna capacidad, ningún don, ningún talento natural que tengamos podrá suplantar jamás a la presencia fresca del Señor sobre una vida. Ella nos mantendrá humildes, ella nos mantendrá santos, ella nos mantendrá tiernos. Solo así seremos aptos para trabajar en esta mies.
Quiera Dios que le permitamos a El crecer, y nos dejemos a nosotros mismos menguar. Quiera Dios que siempre pueda El decir de nosotros:
No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel (Jeremías 18:6).
Para su gloria.
Por nuestro bien.
Daniel García (Versión Literaria: Eliana Gilmartin)