En el editorial del número anterior escribimos acerca del perdón, de la necesidad de perdonar sin exigir arrepentimiento por parte del que fue agraviado en alguna manera, personal o no. Nos ratificamos en esto y volvemos a insistir que el verdadero perdón e aquel que pidió el Señor al Padre desde la agonía de la cruz exclamando: Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen. Si le pidió al Padre es que el Hijo ya había perdonado en medio de los insultos y agravios que le estaban dando. Pero los que le insultaban quedaron sin perdón, pues para recibirlo hay que arrepentirse del pecado cometido contra un tercero.
Esto nos lleva a una reflexión más profunda, pues no entendemos que el Señor se quedó satisfecho de haberlos perdonado, sin que ellos aceptaran el perdón. El perdón va más allá. No solamente debemos perdonar sin exigir, sino que debemos procurar que el perdonado reciba el perdón que le hemos otorgado. Y si no hay arrepentimiento por parte del perdonado, quedará el perdonador únicamente con su conciencia solamente a medias.
Debemos asegurarnos que el arrepentimiento surgirá y por lo tanto el perdón se habrá hecho efectivo. La dificultad se presenta en saber cómo hacer para que el tercero proceda al arrepentimiento.
En Mateo 18:15-17, tenemos la indicación de cómo proceder. Primero hablándole a solas, si persiste en no arrepentirse hay que ir con dos o tres testigos, y si sigue la negativa comunicarlo a la Iglesia.
Sabemos que este proceder, eminentemente escritural, choca con la carnalidad del que perdona, cuando lo que se busca es la satisfacción de haber tenido razón en la cuestión que originó el conflicto. Sin embargo la Escritura anota lo que hemos señalado cuando el perdón ha sido otorgado sin un interés egocéntrico.
Siguiendo el procedimiento que el Señor señala en Mateo 18, el espíritu del que perdona debe estar limpio de deseos de venganza, pero al mismo tiempo, de ganas de que el ofensor se arrepienta. Para eso tenemos Romanos 12 que nos dice cómo ha de estar nuestro corazón al hablar con el que ha provocado toda esta situación: Así que si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, amontonarás sobre su cabeza carbones encendidos (Ro. 12:20). El contexto nos revela que esto no es hecho con ánimo vengativo. Y por otro lado la historia de esos tiempos en que fue escrita la epístola nos señala que esa expresión aparentemente de venganza era para que procediera a la reflexión y al arrepentimiento el culpable de aquella ofensa.
Concluimos diciendo que perdonemos sin exigencias, y procuremos por los medios que nos señala la Escritura el arrepentimiento del que nos haya ofendido.
Jorge Pradas