Navegábamos hacia Recife, al norte de Brasil, en nuestro cuarto día de navegación. El mar estaba tranquilo, y el trabajo del día ya había concluido, por lo que estaba caminando por el techo del puente orando a mi Dios, absorto, mirando el casco estrellado que me llenaba el alma de gozo: tanta belleza, este firmamento que anuncia la obra de sus manos...
El barco tenía un movimiento suave de costado (o rolido), acostándose sobre un lado, y lentamente sobre el otro, lo que me daba la posibilidad de tenderme boca arriba mirando el cielo, y ver a la vez ambos horizontes, alabando a Dios, y diciéndole: no sé, Señor, si alguien alguna vez te adoró desde este lugar, pero hoy te adoro con todo mi corazón, y pongo por testigo a las estrellas que tu Nombre es Grande sobre toda la tierra...
Bajé luego gozoso, con el pecho lleno de estrellas, y por entonces ya era la medianoche... Entré en el puente donde estaba el timonel de guardia, y aunque a oscuras... (la vista se acostumbra), me senté cantando una vieja canción que dice, Señor mi Dios al contemplar los cielos, el firmamento y las estrellas mil... Mientras yo cantaba, él empezó a cebar unos mates. Ahí, en la tibia compañía de la canción y el mate, ese hombre rudo de más de 40 años, estaba llorando... Cuando tenía siete años, comenzó a contarme una chica de una iglesia Evangélica, venía a buscarme a mi casa y me llevaba a una escuelita donde me enseñaban cosas de Dios... allí aprendí esta canción, se interrumpió, como dando paso a los recuerdos después crecí, hice mi vida y pasaron muchos años... hace mucho que vivo con amargura en mi alma... pero cuando escuché esta canción, volvieron a mi mente todas esas cosas tan lindas que me enseñaron.... No esperé a que concluyera, lo abracé, y le propuse recuperar el gozo, entregando su vida a Cristo.
Allí, en medio del mar, en el centro de esa noche, con las estrellas de testigos y los ángeles del Señor observando, un nuevo nacimiento espiritual tuvo lugar, por una semilla plantada por una señorita, quién sabe, muchos años atrás. Cantamos juntos Cuán grande es El, y admiramos la fidelidad eterna y la gloriosa locura de la predicación con que Dios quiso salvar a los hombres por el puro afecto de su voluntad.
José Gardellini