¿Adónde
me iré de tu Espíritu?¿Y a dónde huiré
de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú;
y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú
estás... Porque tú formaste mis entrañas; tú me
hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables,
maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien...
Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas
cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmos 139:7-8,
13, 14, 16).
Al comenzar a descubrir la soberanía de Dios sobre su pueblo y en nuestra
propia existencia en particular, no podemos decir menos que el salmista: Estoy
maravillado... antes que naciese ya vivía en tus pensamientos, mi vida
en esta tierra está perfectamente planeada por Ti; y como si todo eso
fuera poco, has ideado para mí una vida perdurable a tu lado.
Centenares de personajes a través de la historia ocuparon lugares sobresalientes
como reyes poderosos, investidos de autoridad suprema, con poder para perdonar
o quitar la vida de cualquiera de sus súbditos. Algunas culturas divinizaban
a estos reyes, como Babilonia y Egipto.
En épocas más recientes, poderosos políticos, movidos
por ideologías diabólicas, segaron la vida de millones de personas,
intentando una vez más terminar con un pueblo creado para dar testimonio
sobre esta tierra, del único digno de ser llamado Rey Soberano.
Para recordar a estos reyes debemos remontarnos a los libros de historia,
mientras que nuestro Rey nos guía, nos habla, y podemos sentir su amor
y su presencia porque vive por los siglos de los siglos.
Qué gloria la nuestra, el haber sido designados para formar parte del
pueblo de Dios, misterioso, humilde, pueblo del Dios vivo, quebrado y probado...
Pueblo suyo para siempre.
Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te
ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos
que están sobre la tierra (Deuteronomio 14:2).
En sus insondables planes y divina misericordia, ya tenía Dios decidido
sumar más pueblo a su pueblo escogido.
Cada uno de sus proyectos se cumple inexorablemente, y en sus santos pensamientos
estuvieron nuestros nombres, aún antes de que seamos.
Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis
cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles
oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce
los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo
lo mismo que a nosotros, y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos,
purificando por la fe sus corazones (Hechos 15:7-9).
No debemos tener dudas acerca de a quién pertenecemos, el Soberano
sobre todos los soberanos, el que no tuvo principio ni tiene fin, que planeó
cada una de nuestras vidas para El y por amor de Sí mismo, dándonos
al mismo tiempo total libertad para tomar nuestras propias decisiones.
El camino del creyente es un continuo ascender hacia una identidad con Cristo.
Pero este ascender no es la garantía de asegurarnos éxito, sino
por el contrario, este camino lo caminamos sobre la cruz, con los triunfos
de continuos y asumidos quebrantos y humillaciones.
Para la mente natural, esto es una locura, pero el espiritual se goza en participar
de los padecimientos de Cristo, como nos dejó escrito el apóstol
Pedro, para también poder alegrarnos en las revelaciones de su gloria.
Nuestras vidas en las manos del Dios único... ¡qué maravilla!
Un privilegio que no todos los seres humanos experimentan. Pertenecemos a
un pueblo único y escogido, comprado por altísimo precio.
El Señor no quiso una raza superior y perfecta, sino que escogió
de toda su creación lo vil, para depositar en ese pueblo su gloria.
De continuo el Señor nos asombra con su soberanía. Es fácil
declarar su fidelidad cuando la vida nos está sonriendo, pero cuando
atravesamos el valle de sombra y de muerte, cuánto quebranto nos produce
proclamar que Dios es fiel y soberano. Qué bien nos hace expresar y
compartir en medio de la adversidad, que podemos ver la soberana voluntad
de Dios obrando en nosotros.
Hace algunos años, un hermano muy querido enfermó gravemente.
Para los médicos no había esperanzas de vida. Toda la Iglesia
estaba conmovida, y comenzamos cadenas de ayuno y oración, rogando
a Dios por más años para nuestro hermano. Hacía poco
que yo conocía al Señor, y como el niño pequeño
con su padre, creía que si con mucha insistencia pedía lo que
deseaba obtener, zapateando y tironeando sus pantalones, lo lograría...
pero cuando el niño va creciendo comienza a pedir como conviene.
El Señor nos permite participar de sus planes soberanos, porque somos
sus hijos, pero nadie puede torcer el brazo de Dios, pues sus designios son
santos y perfectos: es por eso que podemos decir que El todo lo hizo bien.
Volviendo al hermano que estaba a las puertas de la muerte, en el desenlace
de su enfermedad, rogué al Señor por una explicación.
Entonces El, en su misericordia, comenzó a hablarme de esta manera:
- Quiero que pienses en alguna persona que quieres mucho.
Así lo hice, y le dije a El quién era la persona.
- Bueno, me dijo, ahora supongamos que tú eres uno de los seres más
poderosos de la tierra, y a esta persona que quieres mucho puedes regalarle
todo cuanto desearía tener.
Entonces pensé en una inmensa mansión blanca, en medio de impresionantes
y bellísimos jardines con coloridas flores, en el marco de un clima
tropical, rodeada de bellas playas y un continuo cielo azul surcado por exóticos
pájaros.
- Está bien, tú dices, voy a sorprender a esta persona que quiero
tanto, regalándole este lugar. Pero de repente alguien que también
ama a quien tú quieres, viene y te dice: - por favor, no le regales
la mansión blanca, porque yo tengo para regalarle una casucha precaria
en medio del lodo, y deseo tanto que acepte mi regalo porque es todo lo que
tengo y la amo con todo mi corazón, y si tú le das la mansión
blanca, jamás querría vivir en mi casucha.
- Tú, ¿qué le responderías?
Le contesté al Señor que si yo amo a esta persona y quiero que
tenga lo mejor, con seguridad le regalaría la mansión blanca.
Me respondió:
-¿Cómo me pides, entonces, que deje a mi hijo vivir en tu casucha?
Aquel mismo día, nuestro querido hermano partió hacia la mansión
blanca, y una dulce paz y firme consuelo vino sobre sus seres queridos y toda
la Iglesia.
En ese tiempo empezaba a experimentar el triunfo del quebranto y la humillación.
Fue una inolvidable vivencia para mí: estaba conociendo la soberanía
de Dios sobre su pueblo.
El 31 de agosto pasado, ocurrió en el Aeroparque de Buenos Aires un
trágico accidente, donde perdieron la vida decenas de personas. Un
avión que partía hacia la ciudad de Córdoba no pudo levantar
vuelo, y al terminársele la pista arremetió contra las fuertes
rejas y salió a la avenida por donde circulaban autos, los cuales por
la soberanía de Dios estaban detenidos por el semáforo en rojo,
viendo pasar casi rozándoles al impetuoso avión en llamas, que
terminó estallando en un complejo deportivo, donde también se
encontraban muchas personas.
Realmente el hecho me produjo un gran dolor, como a la mayoría de los
argentinos. No fue una tragedia más, ni menos triste que otras ocurridas
en otro momento o lugar. Pero me llamó la atención de qué
manera notable se evidenciaron los designios de Dios.
El caso es que a los hijos de Dios el dolor nos hace reflexionar, o por lo
menos debería ser así. Aunque no como el mundo lo hace, sino
viendo la soberana voluntad del Señor en todos los hechos.
En algunos noticiosos escuché decir a personas consternadas por la
tragedia, ¡Si Dios existiese no pasarían estas cosas!
Qué tremendo pensamiento. Para los que conocemos el amor de Dios, nos
resulta difícil escucharlo.
Aproximadamente diez personas que debían tomar este vuelo llegaron
tarde o cancelaron el viaje, salvando así sus vidas, mientras que otras
a quienes no les correspondía viajar en ese pasaje, por diferentes
motivos se vieron obligadas a tomarlo.
Poco más de veinte personas pudieron salir unos segundos antes que
se incendiara por completo el avión, por la única puerta que
pudo entreabrirse, algunos gravemente heridos o quemados, mientras que otros
completamente ilesos.
A 30 metros, se encontraba una confitería llena de gente, y a 50 metros
una importante estación de servicio. Los periodistas no dejaban de
comentar lo aún más catastrófico que hubiese resultado
si el avión llegaba hasta cualquiera de estos dos lugares.
Escuchando el testimonio de los sobrevivientes, es impresionante ver cómo
la mano de Dios se movió sobre cada pasajero y la tripulación.
Lo que los incrédulos llaman el destino de cada uno, aunque para los
hijos de Dios son los planes soberanos para cada día y sobre cada vida
en particular.
Tal vez es inevitable que nos sobrevenga el pensamiento de por qué
Dios no los salvó a todos. Pero si bien es cierto que la historia de
nuestra vida está escrita arriba en los cielos, con fecha y hora de
llegada a esta tierra y también de partida, lo importante es que cada
una de las personas del vuelo y los demás involucrados en el paso del
avión, con seguridad tuvieron en su libre albedrío la posibilidad
de elegir seguir al Señor.
Así, en cada hecho que nos sucede o acontece a nuestro alrededor, podemos
ver la mano de Dios guardándonos o permitiéndonos a veces vivir
los triunfos del quebranto y la humillación.
Bendita sea su Soberana Voluntad.
Raquel Milano