Esta es una época
en la que el matrimonio es muy menospreciado, y uno de los motivos es la ignorancia
acerca del propósito de su institución, propósito sobre
el cual se discutió durante muchos siglos y en forma extensa.
La principal motivación para su instauración por parte de Dios
que algunos creyeron encontrar (entre ellos muchos cristianos), fue la necesidad
de reproducción de la raza humana.
Este concepto se basó, en parte, en la dualidad planteada entre lo
espiritual y lo físico. Según el pensamiento dualista, se considera
a lo espiritual como lo perfecto, y a lo físico como una borrosa sombra
de lo perfecto. Esta corriente filosófica, de origen griego, influyó
en muchas doctrinas a lo largo de la historia de la iglesia cristiana, llegando
incluso a dar a luz muchas herejías. Descartes sugería que la
materia y el espíritu tienen leyes y acciones independientes y que
una acción conjunta es imposible. Esta línea de pensamiento
manchó de impureza todo aquello relacionado con el cuerpo, especialmente
a la sexualidad.
También la orden del Señor dada a Adán de crecer y multiplicarse
(Gn. 1:28) se esgrime como fundamento y propósito para el matrimonio.
La Iglesia Católica Romana es un fiel exponente de esta posición
doctrinal en cuanto al sacramento del matrimonio (de paso diremos que lo consideramos
un sacramento dado que es una figura de la unión del Señor y
la Iglesia, su Esposa). Como muestra de ello, citaremos de los Documentos
Conciliares del Concilio Vaticano II, un fragmento del tratado llamado Gaudium
et Spes, en el cual se habla del propósito del matrimonio:
El matrimonio y el amor conyugal, por su propia índole, se ordenan
a la procreación y educación de la prole (...) El mismo Dios
que dijo: No está bien que el hombre esté solo (Gn.
2:8), y que ... desde el principio hizo al hombre varón y hembra
(Mt. 19:4), queriendo concederle una participación especial en su obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer, diciendo: Creced y multiplicaos
(Gn. 1:28). De aquí que el auténtico cultivo del amor conyugal
y todo el sistema familiar de vida que de ahí procede, sin menoscabo
de otras finalidades del matrimonio, tienden precisamente a que los esposos
estén valientemente dispuestos a cooperar con el amor del Creador y
Salvador, que por medio de ellos dilata y enriquece de día en día
su familia.
Gaudium et Spes, apartado 50
Si bien en otros apartados el documento aclara que esta no es la única
función del matrimonio, queda clara la influencia de la idea dualista,
y la preeminencia de la procreación como finalidad del sacramento.
Pero es hora de preguntarnos sinceramente ¿Qué enseña
la Biblia sobre este tema tan caro a nuestra vida? Empecemos viendo la motivación
que llevó al Señor a crear a Eva.
Dios, dice la Biblia, creó a Adán, y hace una declaración
que es el comienzo del proceso que lleva a la institución del matrimonio:
Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo;
le haré ayuda idónea para él (Gn. 2:18)
El primer cuestionamiento del Señor se refiere a la soledad de Adán,
como punto de partida para las acciones que siguieron. Cuentan las Sagradas
Escrituras que Dios formó animales vivientes de todo tipo y le dio
el encargo a Adán de ponerles nombre (vers. 19). Y aunque cumplió
con su cometido, no se halló ayuda idónea para él (vers.
20).
Repasemos:
* Adán estaba solo, y eso no era bueno para él.
* Su soledad no fue desplazada por los seres
vivientes creados por el Señor.
* Era necesario crear a alguien más.
Viendo estas cuestiones (con más sabiduría y claridad que las
que podemos nosotros exponer y comprender), Dios decidió crear a alguien
de la misma especie que Adán, un complemento ¿Otro Adán?,
no, el Señor es más sabio que nosotros, y creó un verdadero
complemento del varón: una varona (vers. 23). La unión que resultara
de este varón con su varona sería única, una complementación
tan profunda, que llegarían a ser una sola carne, esto es, una sola
persona.
Una característica importante de esta unidad antes de la caída
en pecado, era que estaban ambos desnudos... y no se avergonzaban (vers. 25),
el grado de comunión y transparencia que presentaba su relación
era total.
Vemos que el Señor instituyó el matrimonio como el medio para
solucionar la soledad del hombre (y aquí ya podemos hablar con libertad
del hombre y la mujer). La reproducción vino como propósito
ulterior de esa unión, aunque es muy importante y hermosa, pero no
el fundamento del matrimonio.
Por esto podemos ver que Dios creó a Eva:
* Como una compañera.
* De igual especie e importancia que Adán.
* Una ayuda idónea.
* En perfecta intimidad y comunión con su esposo.
El propósito fue la creación de una relación de compañía:
de hecho, en otros lugares de la Biblia se habla de la esposa como la compañera
(Mal. 2:14; Prov. 2:17). En el caso de Malaquías, la palabra usada
en el original, y traducida como compañera, habla de unión
o asociación; en la cita de Proverbios, la palabra compañero,
es la traducción de otra, que significa domesticado, relación
íntima, cercana.
Compañero o compañera es, pues, aquel o aquella con quien estamos
íntimamente unidos, en pensamiento, objetivos, planes y esfuerzos.
Esto se ve muy lindo: tener una compañera, una ayuda idónea,
alguien ante quien no avergonzarse, con una relación tan íntima
que la Biblia los llame una sola carne... Aunque eso era antes
de la caída de Adán y Eva, luego de la cual se perdió
para toda la raza, ya que ahora nos avergonzamos de mostrarnos desnudos (y
no hablo sólo del cuerpo, sino también del alma y del espíritu),
vivimos en un estado de egoísmo donde todo lo que vale es el sálvese
quien pueda, y no hay esperanzas... ¿O sí?... Esta intimidad
se perdió por el pecado (Gn. 3:7), pero nosotros, que fuimos en Cristo
redimidos de nuestros pecados, podemos recuperar esa relación profunda
para la cual Dios creó el matrimonio.
La propuesta del Señor para nuestro matrimonio es volver a formar esa
relación de compañía, respeto, entrega mutua, transparencia.
Pero recordemos que hay una sola manera de volver atrás los efectos
del pecado en nuestra vida: recurrir a Cristo para el perdón de los
pecados; y a la oración y la búsqueda de su presencia en nosotros,
para que El cambie nuestro corazón y forme en nuestros matrimonios
lazos profundos en cuerpo, alma y espíritu.
Podemos llevar nuestro matrimonio a las condiciones originales del Edén,
si buscamos los caminos que el Señor nos dejó trazados en su
Palabra, y andamos por ellos bajo la luz del Espíritu Santo. Todo método
humano que intente reemplazar a la Biblia y al Espíritu de Dios, aunque
se vea racionalmente brillante, fracasará.
Por último, recordemos que todo en nuestra vida, y esto incluye al
matrimonio, debe ser hecho para la gloria de Dios. Por esto, es nuestro deber
formar un matrimonio firme en el Señor, pero no sólo para ser
felices, sino principalmente para dar la gloria a Aquel que es el único
digno de recibirla.
Norberto Mato