Dejando de lado los matices políticos que la ecología entraña, queremos desde estas páginas saludar a los hombres y mujeres que hasta exponen sus vidas para defender este equilibrio que otros miembros de la sociedad humana, consciente o inconscientemente tratan de desequilibrar. Desde aquí pues un saludo cordial y un saludo de ánimo para que prosigan en su cometido.
De todos modos el destino del planeta tierra, y no solamente del planeta que habitamos sino de toda la creación actual, será la consumición por el fuego que Dios enviará para quemar todo lo que El ha creado y que el hombre está tratando de destruir, pese a la meritoria colaboración a favor de la preservación de la tierra que hacen los ecologistas.
Que Dios creó los cielos y la tierra lo tenemos expresado en la Biblia en sus comienzos. Y el final de esa actual creación, la tenemos en la Biblia en sus últimas páginas. Leamos con detenimiento la segunda carta universal del apóstol Pedro, y en el capítulo 3 verso 7 leeremos: ...pero los cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos.
Sabemos que muchos no creen en lo que aseguran las Escrituras, no sólo en este tema sino en muchos otros; y se preguntan en un tono irónico: ¿Para qué trabajar a favor del equilibrio ecológico si todo ha de ser quemado en el juicio final?
Esto también lo piensan los que proclaman una línea teológica en oposición a la predestinación y a la elección. Si ya Dios tiene destinado quien se va a salvar y quien se va a perder, ¿para qué predicar el Evangelio?
No queremos dejar de lado el tema que hemos comenzado a tratar, pero sí compararlo con esa misma pregunta que se hacen ciertos teólogos.
La respuesta a esa pregunta, que es tan racional, es muy sencilla:
Tanto los ecologistas como los que predicamos el Evangelio tenemos que saber que todos los méritos de todo lo que hacemos pertenecen a Dios, y ni los unos ni los otros debemos dejar de trabajar en pro de la defensa del planeta y en pro de la salvación eterna de los humanos, sabiendo que toda la gloria y todos los méritos pertenecen a Dios.
Para terminar diremos al lector que no está conforme con la respuesta, que el Señor aclara en una parábola esto que hemos afirmado categóricamente: Siervos inútiles somos porque hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc. 17:10).
No es para el desaliento, pues la página final de nuestra exposición también la tenemos en el segundo escrito del apóstol Pedro: Pero esperamos según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habita la justicia (2¼ Pe. 3:13).
Así de nueva será también la vida de los que escuchan y aceptan a Cristo por boca de esos siervos, portavoces de Dios que para ellos mismos son siervos inútiles, pero necesarios para la divulgación del Evangelio que proclama a Jesús como Unico Señor y Salvador y de quien son los méritos y la gloria.
Jorge Pradas