Estábamos en San Nicolás, habíamos trabajado una semana en un buque que traía mineral para Somisa, y teníamos un día de descanso, pues entraba otro barco que debíamos atender.
Todos mis empleados pertenecían al Señor, y la mayoría eran mis hijos espirituales: Walter Nystrom, Horacio Tobillas, Jorge Bohorques, entre otros.
Ellos tenían un bote inflable muy pequeño, con el que jugaban en el río queriendo cruzar a la isla, a unos 200 mts. Inflaron con sus pulmones el botecito, y se dispusieron para la travesía. Al llegar a la otra orilla se percataron de que el bote se les hundía a causa de una pinchadura, y lo peor era que dos sabían nadar y dos no... Se les ocurrió que los que no nadaban fueran en el bote y los otros dos nadarían, y así lo hicieron, por lo que Walter y el vasco regresaban nadando.
A mitad del recorrido se cansaron y se empezaron a hundir: uno salía y el otro se hundía... comenzaron a desesperarse... tanto, que ni siquiera podían gritar... De pronto, cuando salieron de debajo del agua, un bote grande llamado EL ARCA DE NOÉ estaba allí, así que se aferraron con todas sus fuerzas, mientras el botero los ayudaba a subir.
Una vez arriba del bote, el hombre les preguntó ¿Ustedes me llamaron? Contestándoles ellos que no, el botero, sorprendido, comenzó a relatarles: mi nombre es Tito y soy isleño. Estaba tomando unos mates cuando empecé a escuchar ¡TITO! ¡TITO! ¡TITO! Empecé a buscar quién me llamaba, pero no veía a nadie, hasta que aparecieron ustedes, y aquí estoy.
Asombrados por el relato, Walter y el vasco daban gracias a Dios por mandar a su ángel a socorrerlos, y contaron a Tito de la fe que hay en sus corazones, y de cómo Dios lo había usado a él para salvarlos.
Más tarde, y ya en tierra, vinieron donde yo estaba gozosos de haber visto la mano de Dios y el delicado cuidado que tiene por sus hijos.
Fuimos varias veces a visitar a Tito y a llevarle la palabra de Dios, demostrándole nuestro agradecimiento.
Pudimos comprender cabalmente y hacer nuestra la Palabra, porque...
CLAMA A MI Y YO TE RESPONDERÉ, dice el Señor.
José Gardellini