Pequeñas Historias en el Mar

Las circunstancias de mi trabajo me llevaron a atender un barco Ruso...
Por supuesto que nuestras comunicaciones a bordo eran señales, y nos manejábamos a través de un intérprete de inglés.
Pasaron los días, y trabajábamos en la sala de máquinas en la cubierta de Culatas, así que mientras nos ocupábamos del motor, todos cantábamos alabanzas y a veces nos poníamos a danzar de gozo.
Todo el tiempo buscábamos la forma de establecer alguna comunicación con la tripulación, porque veíamos que mientras trabajábamos y cantábamos, salían a los andamios y nos miraban... Una tarde, cuando uno de nosotros exclamó “ ¡ALELUYA! ¡ALELUYA! ”, bajó uno corriendo, con una sonrisa amplia, y gritaba también “¡ALELUYA! ¡ALELUYA!”...Traía una Biblia en su mano, que me regaló y aún conservo con cariño.
Nuestra palabra común, “ALELUYA”, nos unía con un hermano en la fe que aunque nada entendía de lo que hablábamos, sin embargo, nos reconocía, por ella misma, como hijos de un mismo Padre... Nos abrazamos y oramos a Dios juntos, y en los días que siguieron llevamos a varios de sus compañeros a los pies de Cristo el Señor.
Dios usó nuestra alabanza para confirmar y respaldar el testimonio, y quebrar la barrera idiomática con nuestro recién conocido hermano, con quien pudimos entablar una amistad, y aprender algunas palabras en ruso y georgiano...
¡ Grande es su Nombre en toda la Tierra!. ¡El tiene quién le dé gloria en toda nación y en toda lengua! “Digno eres tú porque fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido de toda lengua, pueblo y nación y nos has hecho para Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”.

José Gardellini

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