El Nombre de Dios (parte III)

Continuamos con el estudio de El "Nombre de Dios", basado en Isaías 9. 4). PADRE ETERNO Al niño que nos ha nacido y nos ha sido dado como hijo, por los misterios de la naturaleza de Dios, también se le llama Padre, según lo que analizamos del nombre de Dios en Isaías 9, y el nombrar del Señor a sus discípulos: “Hijitos, aún estaré con vosotros un poco...” (Juan 13:33). El Señor Jesucristo es, pues, también padre de los creyentes, ya que solamente éstos tienen acceso a esa naturaleza de hijos de Dios: “Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Por eso decimos que la Biblia nos autoriza a decir que los que no creen en su nombre son creación de Dios, pero no hijos, desmintiendo lo que comúnmente se proclama: que todos los seres humanos somos hermanos. Es verdad que Dios de una misma sangre ha hecho a todos los hombres: “Y de una misma sangre ha hecho toda nación de los hombres...” (Hechos17:26). Nadie es creador como Dios lo es. Y nadie es Padre como Dios es padre de quienes creen en su nombre, sino sólo El. a)- Consideremos, pues, correctamente, la relación que los seres humanos tienen con Dios. Esta paternidad, como todas las paternidades, no varía nunca, siempre se es padre de un mismo hijo. Y siempre se es hijo de un mismo padre. La paternidad humana termina con la muerte del padre, o con la del hijo. Pero la paternidad de Dios no termina, pues ni El muere, ni los hijos mueren, sino que duermen (Lucas 8:52; Juan 11:11; Hechos 7:60; 1ª Corintios 15:20). Su paternidad es eterna. Esto nos hace llegar a la conclusión de que la salvación que está incluida en esta relación de hijos del Padre eterno, nunca deja de ser. Por más que el Padre se encienda en ira contra esa rebeldía, no dejará de ser el Padre. Es una relación que está establecida desde el principio de la creación, o más bien, aún antes: “...sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual os fue transmitida por vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya provisto desde antes de la fundación del mundo...” (1ª Pedro 1:18-20). No se trata de tener en poco una salvación tan grande (Hechos 2:3), sino cuidarla con temor y temblor (Filipenses 2:12) precisamente porque es eterna (Hebreos 5:9). Una salvación tan grande y eterna no es para descuidarla. b)- El amor del Padre está configurado en la parábola que llamamos del “hijo pródigo” en Lucas 15. Enlazamos este apartado con el anterior para describir el cuidado que debemos tener de la salvación imperdible. Si aquel hijo que reclamando su herencia se marchó de la casa paterna no se hubiera arrepentido: ¿cómo hubiera terminado aquella historia?. A la luz de las Escrituras citadas en el apartado anterior habría una aparente contradicción en el tema de la imperdibilidad o no de la salvación. Sería sólo especulación imaginar otro relato que el escrito en Lucas 15. Si no es honesto especular con los temas bíblicos, debemos creer que lo que está escrito es la única posibilidad, por lo cual contamos que siempre Dios proveerá lugar para arrepentimiento en aquellos que se han apartado del padre y de su casa, que es la Iglesia. Siempre habrá oportunidad. Sin embargo debemos advertir a aquellos que no ven en esto la severidad de Dios, que lo que le pasó al hijo en la provincia apartada fue terrible. Pero consideremos la bondad del Padre, cuando al ver al hijo de lejos que regresaba, corrió hacia él. Este Padre no es solamente eterno, sino que es amor (1ª Juan 4:16). Nuestra carnalidad justiciera se rebelará siempre ante estas reiteradas manifestaciones del amor de Dios. Pero serán eso: “carnalidades justicieras”, que nos indican que nuestra mentalidad no es del Espíritu, sino de la carne: “Pero la mentalidad de la carne es muerte, pero la mentalidad del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6). Esa fue, precisamente, la actitud del hijo mayor; actitud que desaprobó su padre. Confiemos en que Dios hace todas las cosas bien y démosle gracias por su continuo perdón, pues los que no nos hemos ido de la casa también hacemos cosas incorrectas y Dios también provee la oportunidad para nuestro arrepentimiento. No somos mejores que los que se van, pues quedando en la casa del Padre, mostrando nuestra fidelidad, se nos requiere mucho más. Dios no dejó pasar ni una justificada ira a Moisés, el hombre más manso de la tierra. Cuanta más fidelidad y santidad, Dios nos exige más (Números 12:3; 20:12). Miremos la “salvación tan grande”: cómo es de grande, que no sólo es una escapatoria del infierno, sino un estilo de vida por los siglos de los siglos. También aquí en la tierra, no debemos ignorar lo que Jacob ignoraba: “Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡cuán terrible es este lugar!. No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo” (Génesis 28:16-17). La presencia de Dios transforma el desierto en manantiales (Salmos 107:35). La paternidad eterna del Hijo que nos es dado, es la garantía de nuestra salvación futura, y de nuestra salvación presente. 5 ). PRINCIPE DE PAZ El título nobiliario que se le da aquí al Hijo de Dios, lo encontramos también en 1ª Pedro 5:4 como “Príncipe de los pastores”. Ese título se lo da el Espíritu Santo para vindicar a Cristo como el Hijo de Dios. Sin embargo, el Señor Jesús también tiene el título y la función de rey. Y tan así es que es rey, que se le distingue como Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 17:14; 19:16). Un príncipe gobierna en un principado, que es una especie de nación con aspiraciones pero con pocas realidades que la hagan fuerte y soberana, siempre dependiendo de la tolerancia de los países que lo envuelven. Hay principados que en sus aspiraciones de ser nación, han sido traicionados y obligados a guerrear por éstas. Y tan mal les ha salido por su inferior poderío, que la celebración de sus días patrios forzosamente debe ser el “festejo” de una derrota. Decimos esto para constatar la diferencia que existe entre un principado y un reino. Nuestro Señor Jesucristo es Príncipe y Rey a la vez. Lo que no es, ni llegará a ser nunca el enemigo ancestral de Dios: Satanás, que no tiene su propio reino, sino reinos prestados o regalados por Dios mismo: “... y le dijo el diablo: Te daré todo este poderío y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado, y se lo doy a quien quiero” (Lucas 4:6). Pero no tiene ningún reino propio, es un simple amanuense que está al servicio de Dios. Por esto, al lugar adonde él pertenece, que son las tinieblas, no se le llama reino como algunos lo interpretan, sino solamente “potestad” (Colosenses 1:13), que es una clase de poder, pero no un reino. Cuando al Señor se le da el título de Rey de reyes, no se refiere a reyes en el ámbito de los espíritus, sino de las naciones que se doblegarán ante El: “Se levantan los reyes de la tierra, y los príncipes conspiran juntamente contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus li-gaduras, y echemos de nosotros su yugo. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego les hablará en su furor, y los turbará con su ira: Yo mismo he ungido a mi Rey sobre Sión, mi santo monte...” (Salmos 2:2-6). “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). Un reino tiene más fuerza que un principado, por lo cual cuando la Biblia nos dice que nuestra lucha es “contra principados” (Efesios 6:12), ya sabemos de antemano quién va a ganar la batalla, pues los creyentes en Cristo están en el Reino de los cielos, y éste es más poderoso que todos los principados juntos. Es a todas luces verdad que “... en todas estas cosas somos más que vencedores...” (Romanos 8:37). a)- Es importante saber que el nombre de Príncipe y el nombre de Rey es difícil que se encuentren doblemente en una persona humana. Pero lo que no es posible para los hombres es posible para Dios (Lucas 18:27), y por ese poder el Señor Jesús es Príncipe y Rey. Esos dos títulos están incluidos en la persona de Cristo, que incomprensiblemente fueron adquiridos por el Señor: “... a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). No es que antes no fuera Señor, Cristo, Príncipe y Rey, pues su persona es eterna, pero es que cuando Pedro predica ese discurso, se refiere a la anunciación pública de esos títulos de Señor y Cristo, que son equivalentes de Príncipe y Rey. b)- El “principado sobre su hombro” (Isaías 9:6), es un principado de paz. Y a diferencia de la historia universal que marca los tiempos de paz por medio de la muerte de muchas personas después de devastadoras guerras, El solo, solamente El llevó “el castigo de nuestra paz” (Isaías 53:5). No quiso que ninguno de los seres humanos pagara el precio o “castigo” de nuestra paz. El es el Príncipe de Paz, y “...por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El principado de paz que El llevó sobre su hombro, efectivamente fue la cruz en la que fue clavado. Esto nos enseña algo que debemos tener muy en cuenta: que la paz a que El nos llama (1ª Corintios 7:15) tiene que ver con la cruz que nos ordena llevar (Marcos 8:34). El la sufrió literalmente en su espíritu, alma y cuerpo. Nosotros, excepcionalmente, puede ser que la llevemos así; pero en términos generales la debemos llevar espiritualmente, lo cual también puede afectar nuestra alma y nuestro cuerpo. Siempre quedará establecido que “El es nuestra paz” (Efesios 2:14). Es decir, la cruz que llevamos como discípulos de Cristo es semejante a la de El, pero no es la misma. El, desde su cruz, logró la paz entre Dios y el hombre, es decir, entre Dios y todos los seres humanos. La diferencia con nuestra cruz es que la paz es entre cada uno de nosotros y Dios, pues es evidente que nuestra cruz no es vicaria, o sea, valedera para terceros , sino que está bien claro en la Escritura que cada uno de los seres humanos es responsable de sus propios actos y no de los de los demás. “... aunque estuvieren en medio de él estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarán únicamente sus propias vidas...” (Ezequiel 14:14). “El alma que peque, ésa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Ezequiel l8:20). No queremos decir, en ninguna manera, que conseguimos los seres humanos la paz que únicamente nos consiguió el Señor, sino que lo que queremos dejar bien establecido es que la paz que como cristianos tenemos, y que nos proporcionó Cristo: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27), tiene que ver con la cruz, y que El con ella va adelante, marcándonos la senda de sus padecimientos para que nosotros sigamos sus pisadas (1ª Pedro 2:21). La paz tiene un precio. Cristo lo pagó por todos. Pero no como a veces se enseña, que el precio que pagó nosotros no lo paguemos, sino todo lo contrario. El precio que debemos pagar no es para conseguir la paz; sino simplemente para seguir su ejemplo valioso, para que nuestros pasos con nuestra propia cruz solamente sean una imitación de Cristo, no un mérito valedero para conseguir la paz que únicamente El nos consiguió. Debemos pagar el precio por la paz que “sin dinero y sin precio” Jesús nos regaló (Isaías 55:1). No pretendemos dar una explicación inteligible de algo que se puede creer, pero no entender racionalmente. Pretendemos abrir del lector su admiración por esas inexplicables verdades que sólo se pueden entender en la esfera del Espíritu. Lo importante es lo declarado por Juan el Bautista: “Es necesario que El crezca, y que yo mengüe” (Juan 3:30). c)- Finalmente diremos que, por ser el Señor, el Hijo que nos es dado como Príncipe de Paz, marca con este título su autoridad. Por lo tanto estamos obligados a tener en cuenta su jerarquía. Todo lo que hemos dejado dicho en el anterior apartado con respecto a llevar la cruz para gozar de la paz que Dios nos da gratuitamente, no es optativo, sino que estamos delante de uno de sus mandamientos. Seguir las pisadas que nos marcó con sus padecimientos, es una orden, llevar la propia cruz es otra orden, y, por lo tanto vivir en paz es otra orden. No nos queda otra salida que tener paz, pues el Príncipe de ella nos ha dado el mandamiento. Y la paz que El nos da es completa, es su paz perfecta. Paz con Dios (Romanos 5:1). Paz con nosotros mismos (Filipenses 4:7). Paz con todos (Romanos 12:18).

Jorge Pradas

VOLVER