Pequeñas historias en el mar

Trabajábamos en un barco grande, que cargaba sorgo a granel.
Estábamos en el momento de revisión de tanques de lastre, que son los que están al costado y debajo de las bodegas; son depósitos muy grandes, y sufren mucha corrosión por el agua de mar que llevan. Cada año se los revisa para dar la aprobación del barco, ya que en una nave cargada con grano, si se produce una pérdida de agua, no sólo se puede echar a perder el cargamento sino que hasta hay posibilidad de que el barco se quiebre al hincharse la carga.
Dos de mis muchachos debían sacar una tapa pasa hombre y hacer una revisión ocular por si había barro. Al sacar la tapa, Carlitos entró con una linterna en la mano, y en unos segundos, cayó inconsciente y quedó temblando. Su compañero me gritó, ya que yo estaba ciento veinte escalones más arriba en una escalera vertical haciendo una supervisión:
—¡Beto, se desmayó Carlitos! —
Mientras yo bajaba presuroso la incómoda escalera, él se metió a sacar a su compañero. Cuando llegué, el joven había arrastrado a Carlitos hasta la entrada y también se desmayó. Clamando al Señor en mi corazón, me metí conteniendo la respiración, y los saqué de la mano. Al llevarlos afuera, Carlitos se despertó, y automáticamente, entró de nuevo al tanque antes de que pudiera pararlo, volviendo a desmayarse. Lo saqué y reaccionó, en ese momento nos dimos cuenta cuán grande fue el riesgo.
Todos podíamos haber muerto allí, no había oxígeno en ese tanque, y uno se adormece inmediatamente sin darse cuenta. Dimos gracias a Dios por cuidarnos, y de que yo estuviera justo en ese momento cerca; de no haber sido así, hoy estarían muertos. Es verdad que El manda a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos, para que tu pie no tropiece en piedra. El Señor, en conocimiento de todas las cosas, hace que estemos en el momento justo en el lugar preciso, porque ha fijado sus ojos para indicarnos el camino en que debemos andar.

José Gardellini

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