El Ser de Dios (parte V)

5) No se engríe
Lo que hemos dicho en el apartado anterior, es lo mismo que debemos decir en este, ya que la jactancia y el engreimiento son prácticamente sinónimos.
En Dios no puede admitirse, pues la declaración ya está hecha: que “no se engríe” el amor que, repetiremos siempre, es Dios.
Dios nos dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová. Pues así como los cielos son más altos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).
Volvemos a ver en esto una posibilidad desmentida en el “no se engríe”.
Otra vez estamos frente al desafío de ver como El. Y analizando nuestra manera de vivir nos encontramos con la distancia que nos separa de la majestad y el poder de Dios.
Otra vez Pablo nos señala el camino para que esa característica sea negativa en nosotros, ya que, a fuer de sinceros, poseemos el orgullo en una cantidad siempre despreciable.
El remedio radica en: “Nada hagáis por rivalidad o por vanagloria; antes bien en humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo; no poniendo la mira cada uno en lo suyo propio, sino cada cual también en lo de los otros” (Filipenses 2:3-4).
Fijemos la atención en “estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo”.
Puede ser que nuestros conocimientos, cualidades y virtudes sean de un nivel muy alto; pero si no consideramos a los demás, que son todas las personas, superiores a nosotros, el engreimiento nos está dominando.
Es relativamente fácil y comprensible que alguien con escaso o mucho conocimiento o virtud se sienta inferior a otro de mayor capacidad; sin embargo la Escritura nos ordena considerar superiores a “los demás” que incluyen a los que no ostentan un superior nivel de conocimiento, cualidad o virtud.
El antídoto para el veneno del orgullo pedante es la humildad. Y esta, juntamente con la mansedumbre, la aprendemos del Señor Jesús: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:19).
Una vez hayamos asimilado la humildad del Señor recibiremos su aprobación, o justificación, como la oración del publicano fue la que se justificó frente a la orgullosa oración del fariseo, concluyendo en la máxima del Señor: “...porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:14).
El ejemplo de Cristo, tomado con solemnidad y con el corazón abierto, nos habría de llevar a la semejanza ordenada por Dios, a la que tenemos, forzosamente, que llegar, siendo igual a El; pero no siendo El.6) No hace nada indecoroso
En otras versiones dice: “No hace nada indebido”. No obstante entendemos que “indecoroso” es una palabra más completa para ser atribuida a Dios, pues si “no hace nada indecoroso”, al ser Dios “Actus Purus” no se está sin hacer nada. Y ya lo vemos en la Trinidad ontológica, al ser el Padre generador del Hijo, que al decir: “hagamos” hizo todo lo que ven nuestros ojos, y lo que no ven. Esto en cuanto se dispuso a crear al hombre (Génesis 1:26), pero ya puso en marcha la creación cuando “en la tierra, desordenada y vacía”, “el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas” (Génesis 1:2); fue entonces cuando Dios dijo: “Sea la luz; y fue la luz” (Génesis 1:3)
Cuando lo hubo creado todo: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
Así que no hizo nada indecoroso, sino todo lo contrario; todo lo que hizo era muy bueno. Y muy bueno sigue siendo para admirar la grandeza de su poder.
Lamentablemente, y eso a primera vista, el pecado entró en la escena y la eternidad que Dios había otorgado a la creación, pues no le prohibió comer del árbol de la vida, se truncó la vida sin solución de continuidad, para que fuera el hombre temporal, y la creación fuera destinada a la desaparición “... pero los cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio, y de la perdición de los hombres impíos” (2¼ Pedro 3:7). “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche; en el cual los cielos desaparecerán con gran estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella que en ella hay serán quemadas” (2¼ Pedro 3:10).
Sin embargo también esto era bueno en gran manera, puesto que Dios tiene reservados cielos nuevos y tierras nuevas: “Pero esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habita la justicia” (2¼ Pedro 3:13).
Podemos pensar con tristeza que esa interrupción del bienestar edénico fue una desgracia o un “lapsus” de parte de Dios. Pero no fue así, pues Dios tenía reservado para nosotros algo mejor. Hasta el pecado en Edén, los descendientes de Adán y Eva podíamos ser llamados criaturas de Dios porque nuestros primeros ancestros fueron creados. Pero la redención nos dio el título de hijos de Dios: “Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
Es mejor ser hijo que criatura de Dios. Y precisamente porque Dios es amor, quiso demostrar que podía “... amarnos de tal manera hasta entregar a su propio Hijo a morir por nosotros” (Juan 3:16).
En base a su amor tenemos el derecho de aspirar a “una patria mejor, esto es celestial” (Hebreos 11:16).
Todo lo dicho nos deja ver el propósito que Dios tiene para nosotros, sus hijos, que no es otro que, mientras estamos en la espera de la nueva creación, que va a ser mucho mejor, nuestro comportamiento sea santo y piadoso: “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡qué clase de personas debéis ser en vuestra conducta santa y en piedad!” (2¼ Pedro 3:11).
Y ahí tenemos otra vez nuestra imitación de Dios para, como El, “no hacer nada indecoroso
7) No busca su propio interésDurante la consideración de estas características, debemos tener presente que la persona de Dios siempre está por encima de ellas, y habrá que tener en cuenta también, y mucho más en este punto que consideramos que su interés ha alcanzado su soberana voluntad: “Mis planes permanecerán, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10).
Lo difícil de entender para la mente racional, es que si nosotros debemos ser como El, no poseemos esa peculiaridad de que su interés (el nuestro en este caso), sea compatible con el “no buscarlo”. Esto es lo que nunca la distancia que hay entre nosotros y Dios, que por más que seamos identificados, nunca poseeremos esa peculiaridad.
Teniendo en cuenta lo apuntado deberemos entender que en la persona de Dios se manifiesta su soberanía y su humildad. Soberanía, porque hace lo que El quiere: “busca su propio interés” y humildad en amor porque haciendo lo que El quiere ha demostrado en la “kenosis” (Filipenses 2:5-8), que “no busca su propio interés”.
Descartando su soberanía como atributo comunicable (que no lo es), podemos considerar nuestra semejanza a Dios, en esta característica que nos ocupa.
Como las cosas del Espíritu son tan diferentes de las de la carne, el “no buscar nuestro propio interés” se transformará en una bendición del todo positiva, en bien de los otros y en el nuestro. Y si lo último no se realizara, quedará la satisfacción de que nuestra actitud concordará con la palabra de Dios.
Había un ladronzuelo en un hogar de niños huérfanos que se levantaba de noche a desvalijar la heladera, donde se guardaban el queso, la manteca y la mermelada para el desayuno del día siguiente. Y los niños se veían defraudados, pues en aquel hogar no había mucha abundancia, sino todo lo contrario, y cada día escaseaba más el desayuno por el mal obrar de uno de los niños que buscaba su propio interés.
Los encargados de la cocina ya no sabían qué hacer, pues el ladronzuelo se la ingeniaba para realizar su fechoría sin ser descubierto. Fue comunicado esto a la directora y a ella se le ocurrió colocar en la puerta de la heladera el texto de 1» Corintios 10:24: “Ninguno busque su propio interés, sino el del otro”.
Aquella noche, cuando el ladronzuelo se levantó como siempre sin que nadie lo notara, se encontró al abrir la puerta con el texto en cuestión. Dios lo tocó por medio de aquella palabra. Cerró la puerta, se fue a dormir y a la mañana siguiente hubo queso, manteca y mermelada para todos los niños.
El amor, cuya característica es “no buscar su propio interés” toca el corazón del ser humano y entonces se produce el milagro de encontrar lo que no se busca.
La ley de la reciprocidad en el espíritu no es: “Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo”, sino “lo mío es tuyo y lo tuyo es tuyo”.
8) No se irrita
Demasiadas veces, el pueblo de Israel, provocó la manifestación de la ira de Dios.
Será un buen ejercicio, para conocer las Escrituras, ir descubriendo esas veces que la ira de Dios se manifestó para castigar a ese pueblo rebelde.
Nos referimos a una sola de esas veces, cuando el pueblo quiso apedrear a sus libertadores: Moisés y Aarón, ante el reportaje negativo y pesimista de los que fueron a espiar la tierra que Dios concedería a su pueblo.
Allí se dio a conocer la irritación de Dios.
“Entonces toda la multitud habló de apedrearlos. Pero la gloria de Jehová se mostró en el tabernáculo de reunión a todos los hijos de Israel, y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuando me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuando no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos? Yo los heriré de mortandad y los destruiré, y a ti te pondré sobre gente más grande y más fuerte que ellos” (Números 14:11-12).
Evidentemente Dios estaba irritado contra un pueblo desagradecido y rebelde, más aún cuando habían habido otras ocasiones en que se manifestó la queja y rebelión de ese pueblo.
Cuando Moisés escuchó por boca de Dios aquella amenaza, la mansedumbre de que había sido dotado por Dios mismo, se puso en evidencia y dijo: “Pero Moisés respondió a Jehová: Lo oirán luego los egipcios, porque de en medio de ellos sacaste este pueblo con tu poder; y lo dirán a los habitantes de esta tierra, los cuales han oído que tú, oh Jehová, estabas en medio de este pueblo, que cara a cara aparecías tú, oh Jehová, y que tu nube estaba sobre ellos, y que de día ibas delante de ellos en columna de nube, y de noche en columna de fuego; y que has hecho morir a este pueblo como a un solo hombre; y las gentes que hayan oído tu fama hablarán diciendo: Por cuanto no pudo Jehová meter este pueblo en la tierra de la cual les había jurado, los mató en el desierto. Ahora, pues, yo te ruego que sea magnificado el poder del Señor, como lo hablaste diciendo: Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable; que visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta los terceros y los cuartos. Perdona ahora la iniquidad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, y cómo has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí” (Números 14:13-19)
Así como hemos dicho que Dios no es “jactancioso” y no se “engríe”, porque la Biblia declara que el amor no tiene y no es nada de eso. También decimos que a pesar de la irritación evidente y justificada de parte de Dios, decimos, pues, que en 1» Corintios 13 se declara que el amor, que es esencia de Dios, tampoco se irrita.
Difícil es que esta aseveración encaje en un razonamiento natural. Pero lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (Lucas 18:27). Moisés no tenía más compasión que Jehová, ni poder de convicción para desviar a Dios de sus propósitos, pues el propósito de su ira era ejemplificar con un castigo adecuado que la desconfianza en Dios es un pecado que ha de ser penado. “... no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá” (Números 14:23).
Y también: “... aquellos varones que habían hablado mal de la tierra, murieron de plaga delante de Jehová” (Números 14:37).
No hay dos dioses. No es un Dios irritable del Antiguo Testamento y un Dios bueno del Nuevo Testamento personificado en el Señor Jesús. Son dos características del mismo Unico Dios, de quien hemos de imitar y aprender su mansedumbre y humildad. “... aprended de mí que soy manso y humilde de corazón...” (Mateo 11:29).
Esa característica de Jesús es la que hay que aprender.
Cuando el Señor tomó el látigo para echar a los mercaderes del templo (Juan 2:13-17), no se nos dice en la Escritura, en ningún lugar, que debemos imitar esa actitud de justificada ira. Incluso debemos tener cuidado de no irritarnos cuando en Efesios 4:26, se nos dice “Airaos, pero no pequéis”. En el creyente, imitador de Cristo, la mansedumbre y la humildad, que siempre acompañan al amor, ha de ser la cátedra de vuestra preparación cristiana.
Volviendo un poco atrás, la intercesión de Moisés en esa oportunidad mostró lo que de él se dice en la Escritura: “Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”. (Números 12:3)
9) No toma en cuenta el mal.-
En otras versiones de la Biblia, dice «no guarda rencor» que quizás es más entendible que el título que le da al amor la versión 77.
Si Dios hubiera tenido en cuenta el mal que nosotros le hicimos y en algunos casos le estamos haciendo, si guardara rencor, no gozaríamos ahora de las bendiciones de la salvación, ni habría posibilidad de que alguien se salvara. Pero El no nos pagó mal por mal, sino que usó de su misericordia, «no tomando en cuenta el mal».
Si no existiera esta declaración en la Biblia, la actitud de misericordia de Dios hacia nosotros, ya sería muy evidente. Sin embargo está la declaración de la Escritura que lo explicita.
Otra vez está el desafío a que Dios nos somete, para que sigamos su ejemplo viendo como El es.
Recuerdo haber sufrido un maltrato por parte de un hermano que me llenó de ansias de pagarle con la misma moneda; pero cuando nos encontramos un cierto día, terminó la venganza con un gran abrazo fraternal que me hizo más feliz que haber dejado fluir el deseo de la venganza.
La ejemplificadora actitud que toma Pablo con los corintios, que le humillaron tanto, se expresa en estas palabras: «Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros» (2» Corintios 7:16). Es cierto que estas palabras son dichas después del arrepentimiento de los hermanos. Pero esto no enseña que cuando hay arrepentimiento no hay lugar para la disciplina o el castigo. Se dirá ahí que habría que ver si el arrepentimiento ha sido sincero; pudiendo con él detectar la sinceridad o la hipocresía. Un celo disciplinario excesivo puede destruir a una persona humana.
«En conclusión, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amandoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados, con el fin de que heredaseis bendición». (1» Pedro 3:8-9).
Ajustando nuestra vida a las ordenanzas escriturales no hay lugar sino para las actitudes que provienen «del amor sin fingimiento» (Romanos 12:9), que es lo que culmina con la paz con todos: «No paguéis a nadie mal por mal; procurando lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:17-18).
No es en cuanto dependa de los otros, sino «en cuanto dependa de mí». Es decir la iniciativa de poner en marcha el amor que «no toma en cuenta el mal» debe provenir de nosotros, pues en ninguna parte de la Escritura se nos dice que los otros deben amarnos, sino que nosotros debemos amar a los demás.
Otra vez tomamos el ejemplo de Pablo: «Y yo con el mayor placer gastaré de lo mío, y aún yo mismo me desgastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos» (2» Corintios 12:15).
En el rencor está el morbo disfrazado de buenas intenciones de santidad y rectitud, pero si hemos de ser sinceros, hay una alegría subterránea que se esconde en la pseudo perfección que hace morbosa la pretendida rectitud.
En ninguna manera quiero sacarle importancia a ningún hecho pecaminoso, mas se tendrá que echar mano de una genuina santidad fundamentada en la compasión y la misericordia, para que esa característica del amor que nos ocupa, pueda ser vivida en plenitud.
10) No se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.-
Dios no es como el ser humano que comete injusticias y se complace en ellas.
El Padre cometió una injusticia en contra de sí mismo, al cargar el castigo de nuestra paz sobre las espaldas de su Hijo Jesucristo. (Isaías 53:5).
Ese acto, los que todavía no tienen el Espíritu de Cristo no lo pueden entender. Se puede entender en parte la demanda que Dios le hizo a Abraham, pidiendo que sacrificara a su único hijo, cosa que no se llevó a cabo, pues fue solamente una prueba de fidelidad y fe en Dios que El demandó a Abraham. Es un hecho conocido por los que conocen la Escritura. La orden fue así: “... Toma ahora a tu hijo, tú único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moria, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré” (Génesis 22:2). Abraham obedeció. Conocemos la historia que se nos relata en ese capítulo 22 de Génesis. Cuando ya estaba Abraham para degollar a Isaac, Dios intervino: “... No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Génesis 22:12). Este fue un examen bien rendido por el padre de la fe que no dudó de la promesa de Dios. “Por la fe, Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; considerando que Dios es poderoso para levantar aún de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir” (Hebreos 11:17-19).
Abraham sí tenía el Espíritu de Cristo, así como lo tienen aquellos que no encuentran despropósito alguno en ese acto ordenado por Dios.
Pero el sacrificio de Cristo es algo distinto, no es una prueba, es una injusticia. No se puede entender dentro de la moral humana lo siguiente: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios...” (1» Pedro 3:18).
Ya hemos citado Romanos 5:8 en el segundo apartado de estas consideraciones y características que estamos haciendo, pero vale la pena repetir el texto que proviene del versículo 7: “Pues apenas morirá alguien por un justo; con todo, pudiera ser que alguno se atreviera a morir por un hombre de bien. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7-8).
Para poder compaginar el atributo de Dios de que “no se goza de la injusticia”, tenemos que ir a otro texto de la Biblia: “Porque el juicio será sin misericordia para aquel que no haga misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13).
La primera parte del versículo se refiere al futuro: “será, ya que en el juicio final, para aquellos que no son de Cristo se les juzgará por ‘la ley de la libertad’” (Santiago 2:12). Pero la injusticia cometida contra Cristo, por parte del beneplácito de Dios en tres personas, está supeditada a la misericordia, de tal manera que la justicia está tan por debajo de la misericordia que se transforma en injusticia.
Dios no se goza en ella hasta ver el resultado de la resurrección de Cristo y el resultado de nuestra redención. “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho...” (Isaías 53:11). Ahí está “el triunfo de la misericordia” (Santiago 2:13).
En cuanto a la segunda parte de este mismo atributo, sabemos lo que no llegó a saber Poncio Pilato: qué cosa es verdad. Y el Señor Jesús mismo no lo relata en esa declaración dada a sus discípulos: “Jesús le dijo: Yo soy el camino la VERDAD y la vida; nadie viene al Padre, sino por medio de mí”. (Juan 14:6).
La verdad es la palabra: “Santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad” (Juan 17:17).
La palabra es el Verbo y éste es Cristo mismo: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo ERA DIOS” (Juan 1:9).
No nos cabe ninguna duda bíblica de que la verdad es Jesús.
Y esa verdad es la que ama el padre y por la cual se goza el Padre. En el bautismo del Señor sucedió esto: “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi complacencia” (Mateo 3:17). “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas las ha entregado en su mano” (Juan 3:35).“Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todo lo que El hace...” (Juan 5:20).La bendición para el pueblo de Dios es la recepción del amor que el que es amor tiene para ese pueblo que somos nosotros: “En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:26-27).Vale la pena el esfuerzo para “no gozamos en la injusticia, y gozamos en la Verdad”.

Jorge Pradas

VOLVER