El que fue apartado de entre sus hermanos
El relato de la
vida de José que encontramos en el libro de Génesis, presenta
una inigualable riqueza que habrá de ser hoy, en pleno siglo XXI y
a pesar del tiempo transcurrido, de gran bendición para nosotros que
vivimos en una generación totalmente distinta, pero paradójicamente
parecida en cuanto a las conductas que salen de lo más íntimo
del ser humano.
Cuando se inicia el relato en el capítulo 37, José tenía
a la sazón 17 años y apacentaba las ovejas con sus hermanos
que eran mayores que él y que no tenían buena fama. En particular
la Biblia habla de los hijos de Bilha y los hijos de Zilpa, mujeres de su
padre.
Pensamos que no es accidental que se mencionen ambas mujeres, ya que los problemas
más grandes los tuvieron los hijos de estas dos esposas de Jacob, que
en un sentido eran esposas secundarias, a juzgar por relatos anteriores de
la vida del patriarca. Aunque este estado de cosas no fue condenado por el
Señor en el Antiguo Testamento, jamás fue el diseño del
mejor funcionamiento de una relación tan delicada como el matrimonio.
Cuando Dios crea la primera pareja, los hace varón y mujer, sencillamente.
Cuando Dios habla del matrimonio en el Nuevo Testamento, lo compara nada menos
que con la relación que existe entre Cristo y la iglesia, y la iglesia
es una sola.
Pero, aun cuando no encontramos en el Antiguo Testamento una condena a matrimonios
como el de Jacob, sin duda podemos ver las dificultades extraordinarias que
se agregaron al llevar adelante una relación de estas características:
encontramos los resultados reflejados en sus hijos, de muy diversas maneras.
Si ya es difícil el matrimonio consumado de acuerdo con el diseño
del Señor, cuánto más cuando se complica con la existencia
de varias esposas, y cada una de distinto rango.
Pero el problema no se circunscribe solamente a lo que hemos dicho de las
esposas de Jacob, sino que también tiene que ver con Jacob mismo, con
su vida, con su carácter. Es verdad que los hijos de Bilha y de Zilpa
tenían mala fama, pero también es verdad que el resto de los
hijos mayores también participaron más tarde del complot contra
José, lo que nos habla de vidas que llegaron a ser capaces de hasta
matar a su hermano.
Esto nos hace deducir que hubo graves fallas en el ejercicio de la paternidad
de Jacob, que no tenían que ver con técnicas de crianza sino
con aspectos de su propia vida, de su propio carácter, que fue tan
turbulento en sus años jóvenes y que indudablemente lo fue siendo
hasta que el Señor pudo con él transformándolo en un
Israel (Génesis 32:28). Fue Jacob quién arrebató la primogenitura
de las manos de su hermano insensato, fue él quien se alzó con
la bendición engañando penosamente a su padre y escudado en
la complicidad de su madre. Estas cosas salieron de su corazón, estaban
en su carácter, ¿Cómo podía criar hijos santos
si él se manejaba de esta manera? No se puede dar lo que no se tiene.
Sin embargo, gracias a Dios esto sólo fue una etapa en su vida, porque
cuando cría a sus dos hijos menores, que son José y Benjamín,
no sucede lo mismo.
La gracia de Dios fue trabajando en Jacob que vemos progresar de un Betel
en donde se enteró que el Dios de Abraham y el Dios de Isaac, también
era el Dios de Betel, su Dios, hasta aquél Peniel en donde le es cambiado
el nombre por el de Israel, príncipe de Dios. José y Benjamín
son los hijos de esta etapa bendita de su vida.
Así las cosas, nos dice la Palabra que José informaba a su padre
de la mala fama de ellos, y aquí hay otro aspecto digno de mención:
por una parte, que José no se quedaba con el secreto sino que informaba
y por otra, que lo hacía a su padre.
Era necesario que informara de esta mala conducta, porque de otro modo él
se hubiera constituido en un encubridor de los malos hechos de sus hermanos
y hubiera sido responsable de esto ante su padre y ante Dios. Este es un tema
que muchos encuentran difícil de entender, por creer que entre amigos
hay que cubrirse. Sin embargo, esto no es bueno, como tampoco es una buena
amistad la que sirve para encubrir el pecado. La Escritura dice que Leales
son las heridas que causa el que ama (Proverbios 27:6) de lo que inferimos
que el amigo que nos encubre y nos aplaude, no es buen amigo, sino que nos
hace un daño que es inmenso, y de mayor proporción, porque es
un amigo que esta cercano a nosotros.
El otro aspecto del mismo asunto es que es más fácil callar
y aplaudir, que tratar al pecado como tal. Es más fácil tener
o ser un amigo que no trae complicaciones, que declararse de este
modo de parte del Señor y mostrar que es menester obedecer a
Dios antes que a los hombres... Es más fácil ser el amigo
o el hermano que no trae problemas, que todo lo festeja aunque esté
mal, que se calla ante el pecado, que ser un fastidioso amigo que se opone
o no nos aplaude lo que hacemos mal.
De ningún modo estamos diciendo que tenemos que ser los amigos antipáticos
o faltos de gracia para decir las cosas, no. Lo más probable es que
una actitud así de nuestra parte alejará, y con razón,
a nuestros amigos y esto no glorificará al Señor. Debemos buscar
toda la gracia del Señor para decirlo y los caminos que el Señor
tiene para remediarlo, pero no callarnos por simple comodidad, para aparentar
ser buenos, sosteniendo así un falso concepto de lo que
es un amigo en el Señor. Por último, si el ser fieles a Dios
nos distancia de alguien en forma temporal o definitiva, habremos de lamentarlo,
pero será el precio que debemos pagar por nuestra fidelidad al Señor.
En segundo lugar, decimos que el informe lo daba a su padre y esto es de vital
importancia. José no tenía la madurez necesaria para reprenderlos
(tenía que recorrer un largo camino antes de que pudiera hacerlo como
veremos mas adelante), pero tampoco se guardó el secreto sino que fue
a su padre. No es que lo desparrama por todos lados diciéndolo a los
otros hermanos, o a otros parientes lo que hacían estos, o contándole
a los vecinos de la mala conducta de sus hermanos. Esto hubiera sido chisme,
una acción muy baja y carnal, como es el divulgar el pecado de otros,
para entretenimiento de corazones impuros. José va al único
que tenía la autoridad para remediar las cosas y que tenía la
responsabilidad de remediarlas, porque era el padre. Por otra parte, y esto
no es un asunto menor, por ser precisamente el padre de esos muchachos descarriados,
habría de procurar solucionar las cosas no con violencia, sino con
espíritu de padre, que no quiere destruir, sino quiere corregir y bendecir
porque ama por sobre todas las cosas, porque son sus hijos. Estarán
descarriados, pero son sus hijos. A otros puede producirles fastidio y enojo
la actuación de estos hombres, a su padre le traerá un profundo
dolor, el dolor del amor que tiene un padre para sus hijos cuando ve que no
andan en la verdad y necesitan ser corregidos en amor. Pablo dice en 2» Corintios
13:10 Por esto os escribo estando ausente, para no usar de severidad
cuando esté presente, conforme a la autoridad que el Señor me
ha dado para edificación, y no para destrucción. Pablo
sabía usar de paternidad en el ejercicio de su ministerio de apóstol
y precisamente era esa uno de los aspectos más sobresalientes de su
trato con los hermanos. El dice que habrá de usar su autoridad para
edificación y no para destrucción y el único que puede
hacerlo y bien es el padre, porque ama y al mismo tiempo quiere corregir a
sus hijos sin destruirlos.
El capítulo 37 de Génesis y siguientes se ocupa de la historia
de la familia de Jacob, y sin ninguna duda José ocupa el centro de
esta historia desde el comienzo del relato y en forma a veces dramática,
para finalmente concluir con la bendición de su padre antes de morir
con palabras tan preciosas como estas: Las bendiciones de tu padre fueron
mayores que las de mis progenitores; hasta el término de los collados
eternos serán sobre la cabeza de José, sobre la frente del que
fue apartado de entre sus hermanos (Génesis 49:26). Será
edificante seguir los pasos que va dando este varón de Dios hasta hacerse
acreedor, por la gracia de Dios, de una bendición de semejante magnitud.
Daniel García