Mucho se ha hablado
de la obediencia, pero hay un ejemplo práctico de ella que es impactante.
En el capítulo 35 del libro de Jeremías, Dios manda al profeta
a convocar a los recabitas e inducirlos a beber vino. Hasta aquí vemos
una orden aparentemente sin sentido de parte del Señor... pero igual
su siervo obedece. Lo que sucede acto seguido sorprende al profeta, como lo
haría a todo judío que estuviera viendo la situación,
y a los lectores actuales que se acerquen al texto de manera ligera.
Cuando Jeremías reúne a los hijos de Recab y los conmina a beber
vino, éstos se niegan. ¿Desobedecen al siervo de Dios? No, al
contrario, honran la orden de sus mayores:
Más ellos dijeron: No beberemos vino, porque Jonadab hijo de
Recab nuestro padre nos ordenó diciendo: No beberéis jamás
vino vosotros ni vuestros hijos; ni edificaréis casa, ni sembraréis
sementera, ni plantaréis viña, ni la retendréis; sino
que moraréis en tiendas todos vuestros días, para que viváis
muchos días sobre la faz de la tierra donde vosotros habitáis.
Y nosotros hemos obedecido la voz de nuestro padre Jonadab hijo de Recab en
todas las cosas que nos mandó: de no beber vino en todos nuestros días,
ni nosotros, ni nuestras mujeres, ni nuestros hijos, ni nuestras hijas; y
de no edificar casas para nuestra morada, y de no tener viña, ni heredad,
ni sementera.
Moramos, pues, en tiendas, y hemos obedecido, y hecho conforme a todas las
cosas que nos mandó Jonadab nuestro padre.
Sucedió, no obstante, que cuando Nabucodonosor rey de Babilonia subió
a la tierra, dijimos: Venid y ocultémonos en Jerusalén, de la
presencia del ejército de los caldeos y de la presencia del ejército
de los de Siria. Y en Jerusalén nos quedamos. (Jeremías
35:6-11).
Los recabitas honraron la orden de su padre, y eso esperaba el Señor,
porque utiliza esto de ejemplo: no hay circunstancias que justifiquen la desobediencia.
Dios manda al profeta a decir al pueblo de Judá que vean ese ejemplo
de sujeción: la palabra de Jonadab permanecía firme entre los
recabitas, sin embargo, la Palabra autoritativa del soberano Rey de Reyes
había sido desestimada, y no por pueblo extraño, sino por la
rebelde Judá:
Y vino palabra de Jehová a Jeremías, diciendo:
Así ha dicho Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel:
Ve y di a los hombres de Judá y a los moradores de Jerusalén:
¿No aprenderéis obedecer a mis palabras? dice Jehová.
Fue firme la palabra de Jonadab hijo de Recab, el cual mandó a sus
hijos que no bebiesen vino, y no lo han bebido hasta hoy, por obedecer al
mandamiento de su padre; y yo os he hablado a vosotros desde temprano y sin
cesar, y no me habéis oído.
Y envié a vosotros todos mis siervos los profetas, desde temprano y
sin cesar para deciros: Volveos ahora cada uno de vuestro mal camino; y enmendad
vuestras obras, y no vayáis tras dioses ajenos para servirlos, y viviréis
en la tierra que di a vosotros y a vuestros padres; mas no inclinasteis vuestro
oído, ni me oísteis.
Ciertamente los hijos de Jonadab hijo de Recab tuvieron por firme el mandamiento
que les dio su padre; pero este pueblo no me ha obedecido. (Jeremías
35:12-16)
Los recabitas obedecieron la palabra de su padre sin medir la situación
en la que se encontraban; no usaban de pretexto lo que hoy conocemos como
ética situacional para desobedecer.
Pero el pueblo de Judá había olvidado las palabras del Señor.
Esto nos lleva a otro reclamo que Dios hace a su pueblo a través del
profeta Malaquías:
El hijo honra a su padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy
yo padre ¿dónde está mi honra? Y si soy señor,
¿dónde está mi temor? Dice Jehová de los ejércitos
a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre... (Malaquías
1:6)
Este texto nos trae una explicación implícita que es muy clara
y contundente acerca del porqué de la desobediencia: hemos perdido
el concepto del temor de Dios. La relajación en el reconocimiento
de la autoridad del Señor proviene del acostumbramiento, del contar
con un concepto sólo religioso de la relación que nos une a
Dios.
Hemos perdido el temor de Dios de la mano de la relativización
de su poder, pero también, y por sobre todo, porque al recibir la vida
eterna por gracia, nos hemos olvidado de la justicia y santidad de Dios.
El Señor se presentó al pueblo de Israel en el monte Sinaí
con rayos y truenos, como fuego consumidor, para que ellos vieran el poder
de su Dios. Pero nosotros nos encontramos con el Padre misericordioso, olvidando
que también es justo y santo.
¡Cuánto necesitamos tener una visión clara de la gloria,
la justicia y la santidad de Dios! Hemos humanizado al Señor. Pero
la descripción antropomórfica que tantas veces la Biblia utiliza
para que comprendamos algunas cosas que no podríamos entender de otra
manera, no debe confundirnos: Dios no está conformado a la imagen del
hombre, sino todo lo contrario, y debemos comprender la diferencia.
La relativización; este es uno de los males de nuestra época.
Dios no puede ser visto como absoluto, dado que hoy se promueve la mente
amplia, la nueva era de luz y conocimiento. Pero esta nueva
luz no es más que el entenebrecimiento al que el Señor entregó
a quienes procuran ser sabios en sí mismos (Romanos 1:21). Dios sigue
siendo el absoluto soberano, la verdad absoluta, la santidad absoluta, tanto
como el absoluto amor.
El principio de la sabiduría es el temor de Dios; y el verdadero temor
de Dios lo vivieron quienes se encontraron con la presencia del Señor:
Daniel cayó como muerto; Isaías creyó que iba a morir
al ver el reflejo de la gloria de Dios, y la lista continúa.
Llamamos a Dios, Padre, porque eso nos lleva a una imagen de cercanía
y bondad que nos tranquiliza, pero el Señor nos sigue preguntando ¿Dónde
está mi honra?, y cuando lo denominamos Señor, El continúa
preguntándonos Dónde está mi temor.
Busquemos a Dios día tras día, para encontrarnos con su gloriosa
presencia, con su palabra santa, y la obediencia será una realidad
común en nuestra vida. Un viejo corito cristiano dice: Obedecer,
ese es nuestro deber, si queréis ser felices, debéis obedecer.
La obediencia no es una carga en la vida del hijo de Dios, sino una perla
en la corona de vida, es el gozo de quien reconoce que sirve al soberano y
clama con el salmista:
...¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
y el hijo del hombre para que lo visites?...
Y el Señor nos sigue recordando y visitando. Encontremos en la obediencia
la gloriosa vida que Dios tiene preparada para cada uno de sus hijos.
Norberto Mato