Trabajábamos
en una usina, a 28 kilómetros de Santa María un pueblo de Catamarca,
al norte de la República Argentina. El lugar es desértico: todo
piedra y arena, una muy pobre vegetación y 45° de temperatura a
la sombra.
Estábamos instalando motores para generar electricidad, y se encontraba
con nosotros el Alemán. Lo llamábamos así porque era
más fácil que pronunciar su apellido. El Alemán es electricista,
y su trabajo consistía en conectar los grupos electrógenos.
Le habíamos estado predicando muchos días, y los chicos que
estaban conmigo: Wily Salas, Adrián Suárez, Horacio Savastano
y otros, le dieron muchos testimonios de Jesús. El se burlaba de nosotros
contradiciendo, medio en broma, medio en serio, nuestra fe.
Trabajando, un día entró en un generador sin tener la precaución
de mirar previamente si estaba conectado a línea, ya que por allí
circulan 13.200 voltios. Saltó un arco de corriente que entró
por su cabeza y se descargó por su rodilla, que estaba apoyada en el
chasis del generador, cortando la corriente del pueblo al detenerse los generadores.
El Alemán quedó echando humo, totalmente hinchado, con su piel
y su pelo oscurecidos. No respiraba, y temblaba; estaba solo, los compañeros
corrieron hacia allí y con unas maderas lo tiraron al piso.
Lloraban y oraban sobre él pidiéndole a Dios que le diera otra
oportunidad. Le hicieron masajes en el pecho y, de golpe, comenzó a
gritar. Lo subieron a una camioneta, y marcharon hacia el Hospital, distante
30 km.
Yo volvía a la Usina cuando vi venir la camioneta a toda prisa, y el
Gato (uno de los muchachos), me hizo señas indicándome que tenían
un herido. Me angustié mucho, pues no sabía quién era
ni qué había pasado. Di vuelta y empecé a seguirlos.
Al llegar al Hospital vi que todos mis muchachos estaban bien; pregunté
qué pasó y me contaron lo sucedido. Entré a la sala de
guardia y lo vi: tenía un agujero en la cabeza que me impresionó,
pero lo más notable fue que gritaba:
¡JEEESSSUUUUUSSSS! ¡POR AMOR DE JESÚS!
Se movía tanto que tuvieron que atarlo, mientras seguía gritando
continuamente:
Jesús.
Una hora más tarde se calmó, como dormido. Cuando reaccionó,
se despertó; al verme me reconoció y me preguntó:
Beto ¿qué me pasó?.
Le relaté el accidente, y le conté lo que él gritaba
inconscientemente. La enfermera, mientras yo le contaba, le dijo:
Realmente Jesús te escuchó, porque es un milagro que con
13.200 voltios sigas vivo.
El no lo podía creer pero, ante la evidencia se rindió. Hicimos
una oración juntos dando gracias, y luego se lo llevaron a Tucumán,
ya que aún no tenía movilidad.
Hoy está muy bien, sólo con algunos problemas de tacto, ya perdió
parte de la sensibilidad.
Qué bueno es tener alguien que interceda por nosotros, y cómo
contesta el Señor la oración de sus hijos... ¿Cómo
no contestará la oración de Jesús, que intercede por
nosotros estando a la diestra de Dios?
José Gardellini