En un número anterior de la revista, tratamos un tema esencial para la vida del cristiano: la obediencia.
Pero hoy es necesario dar un paso más al respecto compartiendo la realidad de lo que nos dice Pablo en su carta a los Romanos: debemos renovar nuestra manera de pensar, para comprobar que la voluntad de Dios es agradable y perfecta (Romanos 12:1-2). Claro, en medio de corrientes de pensamiento tan fuertes dentro de nuestras sociedades alejadas del Señor, que centran todo en el hombre, Dios nos llama a una vida cristocéntrica y de obediencia.
Hasta aquí ya es un intenso desafío el caminar con el Señor, dado que obedecer requiere humillación. Pero cuando Pablo habla de renovar nuestro entendimiento para comprobar la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, entiendo que nos llama a un camino de obediencia espiritual, esto es: aceptar la voluntad del Señor, y no sólo resignarnos ante ella. Parece un trabalenguas hacer una diferenciación entre aceptación y resignación, pero que hay una diferencia vital entre ambas opciones, y en pocas líneas intentaremos vislumbrarla.
La reacción normal y natural (racional) frente a la voluntad de Dios en aquello que nos produce aflicción (como la muerte, la enfermedad, problemas familiares, etc.), es resignarse ante lo inevitable. Muchas veces caemos en el fatalismo: parecemos víctimas de las circunstancias, y vemos la voluntad de Dios como una carga. Pero si Cristo dijo que su carga es ligera y su yugo fácil (Mateo 11:30), algo no concuerda con esta posición de resignación en nuestra vida ante la «dudosamente buena» voluntad de Dios, que no vemos como agradable y perfecta.
Entonces debe haber otro camino superior, que condiga con las Escrituras... y este camino es la renovación de nuestra manera de pensar, para llegar a la aceptación de la voluntad de Dios. Esta aceptación a diferencia de la resignación, es un hecho activo, no una reacción pasiva ante lo inevitable.
Pero como suele decirse: «no aclares porque oscurece», veamos un ejemplo bíblico:
¿El rey David, un hombre conforme al corazón de Dios?... ¿pero si fue adúltero y homicida?. Veamos un atisbo de ese corazón.
Luego del adulterio de David con Betsabé, esta concibió. Dios hirió al niño con una enfermedad, porque con este hecho pecaminoso, David hizo blasfemar a los enemigos de Jehová (2¼ Samuel 12:14). El salmista ayunó y oró postrado en tierra (2¼ Samuel 12:16) pidiendo al Señor que sanase al pequeño.
Tanto fue el pesar y la carga de David, que dejó consternados a los ancianos. Ante esta oración tan sentida, se podría esperar que el Señor no tardase en responder a su siervo: y lo hizo... respondió que no, y el niño murió (2¼ Samuel 12:18).
La voluntad de Dios iba en contra del deseo de David, ¿y qué hace éste ante la respuesta negativa?: se rebela, se deprime... se resigna... No, el hombre conforme al corazón de Dios acepta la voluntad del Señor en forma activa. Dice la Biblia, que cuando le informaron de la muerte del niño, David se levantó de la tierra, se lavó y se ungió, cambió sus ropas y... ENTRÓ EN LA CASA DE JEHOVÁ Y ADORÓ (2¼ Samuel 12:20). Esto dejó a los ancianos aún más consternados, tanto que le pidieron la explicación de lo que había hecho, dado que ayunaba cuando el niño vivía, y ahora que había muerto, en lugar de continuar con este ayuno como señal de tristeza y duelo, deja de llorar y come. La respuesta de David es elocuente de cómo aceptó la voluntad del Señor: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí y vivirá el niño? Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí (2¼ Samuel 12:23).
David aceptó la voluntad de Dios: ante la muerte del niño... adoró. Otro ejemplo de la aceptación de la voluntad del Padre la dio el mismo Jesucristo en Getsemaní, cuando frente al dolor que sabía debía sufrir, rogó al Padre que hiciera pasar de El esa copa de sufrimiento, pero que no se hiciera su propia voluntad, sino la del Padre Celestial (Mateo 26:39). Y no podemos pasar por alto las sublimes palabras de Job en medio de la pérdida de sus posesiones, y lo más doloroso, la muerte de sus hijos: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:21), y más gráfico e impactante es el versículo que sigue: En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno (versículo 22). Frente a estos ejemplos, vemos que en todos hay un denominador común, explícito o implícito: la aceptación de la voluntad de Dios basada en la aceptación de la soberanía del Señor.
Hoy tenemos que decidir qué haremos nosotros: aceptaremos la voluntad de Dios sobre nuestra vida y las de los que nos rodean, o tristemente nos resignaremos, y nos dejaremos arrastrar por las circunstancias, sin ver la mano soberana de Aquel que tanto nos ama (Juan 3:16) detrás de todo y en todo. La decisión que tomemos afectará en forma absoluta nuestra vida.
La puerta está abierta en Cristo.
La decisión es tuya... la decisión es mía.
Cambiemos nuestra manera de pensar... Dios nos espera en el Lugar Santísimo para adorarle en todo momento de nuestra vida. Pero los verdaderos adoradores, los que el Señor busca, lo deben adorar en espíritu y verdad (Juan 4:24), y una mente espiritual, y la aceptación de su voluntad soberana, son ingredientes imprescindibles de dicha adoración.
Norberto Mato