Al finalizar los cultos, acostumbro dirigirme a saludar y bendecir a hermanos y hermanas. A veces, confundo el nombre de las personas problemas de la edad-, pero no por eso dejo de hacerlo con todo cariño. Sin embargo, en cierto culto, mientras saludaba a dos hermanas, una de edad avanzada (que llamaré Antonia) y la otra (que designaré como Mari Carmen), de edad juvenil aunque ya casada, confundí los nombres. Así, saludé a la más joven con el nombre de la más anciana, y por poco se me enoja la primera. A Mari Carmen, la joven, no le gustó mucho que la nombrase como si fuese Antonia, y expresó su disgusto repetidamente.
Me quedé un tanto sorprendido. Pedí perdón por mi falta involuntaria, pero al mismo tiempo me pregunté qué mal había en el cambio de nombre. ¿Era un crimen confundir a la una por la otra? ¿No tenía la mayor los méritos de la edad además de una experiencia superior de la vida?
La mayor, que tenía bastantes problemas por ser viuda, además de los trastornos físicos de la edad con sus achaques y dolencias, ¿no era digna de respeto y consideración?
A veces Antonia me recordaba aquella mujer pobre, que al haber echado las dos blancas, había ofrendado todo su sustento, y que tan poderosamente había llamado la atención del Señor Jesús.
Verdaderamente, es difícil ponerse en el lugar de otra persona. Pero lo que más me chocó fue la insistencia de la joven en no ser confundida con la anciana.
Todavía nos falta mucho el poder acercarnos a los demás, desear sus virtudes. Ya que formamos el cuerpo de Cristo, no podemos desentendernos los unos de los otros. El pie no puede prescindir de la mano, ni ésta despreocuparse del codo. Nos necesitamos el uno al otro, y sólo cuando estamos juntos, la Gloria de la Presencia del Señor brilla con todo su esplendor.
Si amamos realmente al Señor, no hagamos diferencias entre nosotros, como recomendaba Santiago, y podremos estar más y más unidos, a pesar de diferencias de edad, temperamento, educación, etc. Que el vínculo que nos una estrechamente sea ese hermoso amor de Cristo, quien dio su vida por una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga.
Josué Bloss