Conozco a una persona que siempre repite con pesar que no tiene amigos, que todos los que pensó tener lo han decepcionado... Que le queda sólo su padre de amigo, pero que tampoco con él puede compartir todo... Y la verdad es que una afirmación semejante al principio me causaba cierta compasión: ¡Qué terrible que alguien que ya ha vivido varias décadas no haya podido, en todas ellas, hallar un amigo! ¡Qué destino tan cruel de soledad!...
Pasado el tiempo, un versículo sencillo y tajante me iba aclarando el panorama: El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano. (Proverbios 18:24)
Es que amigos verdaderos no puede tenerlos cualquiera, porque para hallarlos, tenerlos y conservarlos hay que mostrarse amigo, hay que brindarse con amor y desinterés, hay que dar, siempre dar y primero dar, sin esperar nada a cambio, hay que abrir el corazón... En fin, hay que mostrarse amigo, en lugar de esperar ver muestras de amistad en los demás... Es como el Señor con nosotros: no me lo imagino sentado en su trono esperando ver si íbamos a corresponderle para luego despojarse, sólo si lo merecíamos, viniendo a la tierra a morir por nosotros... No me lo imagino sentado, inmóvil, lamentándose porque los suyos no lo recibirían...
Mostrarse amigo significa hacer, no esperar, y cuando uno ya lo ha dado todo, aún entonces tendrá todavía algo más para dar...
Es cierto que a veces se recogen sinsabores, espinos en vez de flores, pero amar con honestidad, con sencillez, sin segunda intención, nunca va a ser estéril: más tarde, o más temprano, hallaremos un amigo, aquel que esté en sintonía con nuestra alma, cuyo diapasón dará la misma nota que la nuestra... Aquél también dará amor por la pura pasión de dar... Y el objeto de ese amor seremos nosotros...
Había dos amigos en el Antiguo Testamento: uno era el hijo de un rey, otro era el rey prometido... ¿Qué tenían en común estos dos hombres, humanamente enfrentados por el odio de un hombre de nombre Saúl? La amistad... que no es poco...
Dice el relato de 1¼ Samuel capítulo 18 que David amaba a Jonatán como a sí mismo (versículo 3), y Jonatán amaba a David también como a sí mismo (versículo 1): David no trató de medir cuánto lo amaba Jonatán antes de sellar el pacto con él, como tampoco Jonatán se interesó en averiguar si su afecto era correspondido. El pacto de amistad lo hizo cada uno sin pensar cuánto eran amados, sino sintiendo cuánto amaban ellos, y aquí está toda la diferencia.
Inmediatamente Jonatán se despoja de su manto, sus ropas, su espada, su arco y su talabarte, y se lo da a David, en muestra de su amistad. Se despoja de sus posesiones, y se las da a David, porque era su amigo.
Le da su manto, para que se abrigue, para que se cubra, para que no tenga frío... El manto era una vestimenta muy costosa, que no todo israelita podía tener, y por eso le sirve de ejemplo al Señor Jesús cuando quiere graficar con certeza cómo debían despojarse sus discípulos por amor al prójimo. Manto se tenía sólo uno. Si se tenía. De modo que si uno lo regalaba, quedaba sin nada para cubrirse...
Un amigo es capaz de cubrir, de dar abrigo, de cobijar en tiempos difíciles, cuando el frío de la noche cala los huesos y corroe el alma...
¿Se ama el lector bastante? Seguro que sí... ¿Se siente capaz de amar a alguien de esta misma forma? Tal vez...
Jonatán le da también sus ropas, para que no ande desnudo...
Un amigo conoce a su amigo de todas las maneras posibles: cuando está bien, y cuando no lo está tanto, cuando es feliz y ríe, y cuando llora... Cuando se comporta bien y cuando se comporta mal, cuando hace lo que al otro le agrada y cuando no, cuando piensa igual y cuando piensa diferente... Pero el amor cubre la desnudez del amigo, como las ropas de Jonatán... El amor pasa por alto, el amor perdona.
¿Se ama el lector un poco? Más de lo que está dispuesto a aceptar, seguramente... ¿Sería capaz de amar a alguien de esta misma forma? Quizás...
Jonatán debió ser un hombre de guerra, como convenía a un príncipe de aquellos tiempos. No era un blando, pero tenía grandes sentimientos, y por eso le da a David lo mejor que tiene, aquello que seguramente su padre Saúl le obsequió al llegar a la edad suficiente para ser un hombre: la espada, el arco y el cinto, el talabarte, donde llevar las armas pegadas a su cuerpo.
Las armas simbolizaban lo que Jonatán debía ser en esencia: un hombre valiente, un hombre de guerra, un digno hijo de rey... Aunque hasta de eso fue capaz de despojarse Jonatán por su amigo... Ahora David podría defenderse sin temores, como un digno hijo de rey él también. ¿Con qué se defendería Jonatán? Creo que no le importaba a él tanto.
No sabemos si tener todas estas posesiones lo hacían sentir a David muy importante... Pero creo, sin embargo, que David había hallado un tesoro muy precioso en su vida: David tenía un amigo, y eso era más importante que cualquier bien material...
La buena amistad se nutre de desinterés, amor y lealtad: y sin estas tres cualidades hermanas no existe la amistad... ¿Estaremos dispuestos? Algunos me dirán que es muy difícil, que la amistad no existe. ¡La buena noticia es que es muy fácil! Sólo hay que mostrarse amigo... Y conozco a alguien más en este planeta que estará de acuerdo conmigo...
Si el lector no tiene un amigo todavía, dé vuelta los ojos hacia adentro y revise en el arcón de su alma... ¿No estará fallando en algo?
Eliana Gilmartin