JOSE VA A VER A SUS HERMANOS
En el capítulo 37 de Génesis, del que ya hemos hecho mención en nuestros comentarios anteriores, a partir del versículo 12, tenemos el relato de cómo sucedieron los acontecimientos que culminaron con la venta de José como esclavo a una nación extraña.
Ya nos hemos ocupado del cuadro familiar y de la situación personal de los hermanos mayores de José, que provocó que ellos no sólo estuvieran dispuestos a vender a su hermano menor sino que incluso también estuvieran dispuestos a matarlo.
Así las cosas, Jacob llama a José para enviarlo a sus hermanos porque quiere recibir noticias de cómo están. Las distancias son grandes y los medios de comunicación muy lejos de los que tenemos hoy, pero el amor de padre hace que no pueda quedar sin novedades de ellos por tanto tiempo. José será el encargado de tomar conocimiento personal de cómo están, lejos de pensar él, ni tampoco su padre, del cariz dramático que iban a tomar las cosas.
Es posible que el padre no se hubiera enterado de la profundidad del problema que había en el corazón de sus hijos mayores. Es muy difícil tener una perspectiva real de los seres que amamos, y en especial de nuestros propios hijos, y aunque es bueno que los padres no nos distanciemos de nuestros hijos que andan mal, porque será la forma de ganarlos, también es cierto que resulta difícil para un padre darse cuenta cabal de lo que está sucediendo en el hijo, y poder así ayudarle mejor. Generalmente es común escuchar que los últimos en enterarse de las cosas malas son los padres, y en esto hay algo de verdad.
En cuanto a José, seguramente que no se hubiera imaginado nunca que sus hermanos podrían hacerle un daño tan terrible. Es evidente que el corazón de José era muy distinto del de sus hermanos mayores, no porque José fuera «más bueno» que ellos, sino porque la gracia de Dios ya había tomado un lugar importante en su vida. Hablaremos más adelante de la diferencia entre la bondad natural y la gracia de Dios que evidentemente habitaba en José desde muy joven. Esta gracia no le permitía anidar contra ellos ningún pensamiento malo, antes bien, parecería que el no quería especular con la mala conducta de sus hermanos dando lugar a pensamientos adversos.
Pero por otra parte, vemos en José una lección preciosa de conducta que debemos tener en la iglesia, que es la familia de Dios. José está dispuesto a obedecer a la voz de su padre y no pone excusas, excusas que serían valederas y bien fundadas, como avisar a su padre de la agresividad de sus hermanos. Esto lo hubiera llevado a negarse a ir en busca de sus hermanos, lo cual sin duda hubiera sido muy violento para Jacob y para él, o lo que es más razonable, pedir que lo acompañen algunos de los siervos de su padre (que los tenía sin duda) como una manera de protegerlo.
José no pide esa protección que hubiera sido muy sensata y seguramente su padre no se hubiera negado a concederle. No podemos pensar que José pecó de ingenuo al no hacerlo, o que le faltaba capacidad para medir las circunstancias. Pocos años más tarde se sentaría como segundo en el trono de Egipto y habría de gobernar a ese importante pueblo por el resto de sus días, mostrando una capacidad digna de su alta posición. Es que José no necesita protección especial porque no va a encontrarse con el enemigo, va a ver a sus hermanos y él ama a sus hermanos y no tiene por qué pensar mal de ellos. Dice 1» Corintios 13:4 y 7: El amor es sufrido, es benigno,... Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Nos recuerda al Señor en el monte Getsemaní, cuando sabiendo todas las cosas, recibe a Judas y se deja besar, reprende a Pedro y le ordena guardar su espada, diciéndole: ...Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?... (Mateo 26:52 y 53). Las espadas, los palos, aun los ángeles guardianes, no son para ir al encuentro de los hermanos. A los hermanos debemos ir como el Señor lo hizo, aunque por esa razón nos pase lo de José... aunque por esa razón nos entreguen como Judas entregó al Señor.
Viene a nuestra memoria una vieja historia de una pequeña iglesia en un pueblo, en donde uno de los hermanos responsables concurría a las reuniones administrativas provisto de un buen palo por las dudas hubiera problemas ¡Qué distinta es la actitud del Señor! ¡Qué distinta la obra que se puede hacer con un palo de la que se puede hacer entregándonos con sencillez a los hermanos, aunque por ello seamos heridos en casa de nuestros amigos (Zacarías 13:6).
José va inmediatamente sin armas y sin acompañantes que pudieran defenderlo, va a ver a sus hermanos y esto es suficiente. Sus hermanos están pensando mal de él, pero él no está pensando mal de sus hermanos, y esa es la enorme diferencia entre ellos. Tiempo vendrá en que este ingenuo gobernará la nación más poderosa de su tiempo (Dios le dará ejercer poder temporal) y por añadidura, sus hermanos vendrán a postrarse ante él a fin de qué José pueda ayudarles a salir de la profundidad del pozo espiritual en el que habían caído por su carnalidad (Dios le dará también poder espiritual para tratar una situación tan difícil).
Cuando lo ven venir a lo lejos, los celos y las envidias que parecían cosa de entrecasa, sin mayor importancia, problemas menores entre hermanos, ya han hecho su trabajo criminal en sus corazones y ahora están dispuestos a todo: la Palabra dice que ...conspiraron contra él para matarlo. Se dijeron el uno al otro: ¡Ahí viene el soñador! Ahora pues, venid, matémoslo y echémoslo en una cisterna, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró. Veremos entonces qué será de sus sueños (Capítulo 37:18-20).
Muchas veces se minimizan las rivalidades entre los hermanos en la familia o en la iglesia, restándoles importancia, pero sin mirar que esas rivalidades hicieron de Caín un fratricida y de los hermanos de José algo por el estilo. ¿Dónde está la línea entre lo inocente y lo grave?. Por algo el Señor condenó con tanta fuerza en el Sermón del Monte los simples enojos: Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga Necio a su hermano, será culpable ante el Concilio; y cualquiera que le diga Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego (Mateo 5:22).
Pero no todos los hermanos tienen la misma actitud, porque Rubén es el mayor y siente la responsabilidad de lo que se está tramando, pero no tiene la suficiente valentía de enfrentar a sus hermanos y disuadirlos del macabro plan que tienen. Es de buen corazón, pero lamentablemente no es un hombre espiritual por lo que ya veremos, entonces recurre a un camino alternativo que le permitirá quedar bien con todos: demorar las cosas como para ganar tiempo y salvar a su hermano, pero sin tener que enfrentar a los otros. Y de momento le da resultado. Decimos de momento, porque la solución de los problemas no pasa por la sagacidad de la carne, sino que pasa por buscar la solución que Dios tiene para el problema independientemente de nuestra conveniencia.
La intervención de Rubén pospuso el problema y lo llevó hacia delante sin darle solución. Cuando él está momentáneamente ausente, sus hermanos cambian de opinión, quizás influidos por la oposición de su hermano, y venden a José a los ismaelitas, quienes se lo llevan a Egipto.
Rubén vuelve luego a la cisterna y se entera de lo que ha sucedido en su breve ausencia y rasga sus vestidos con desesperación. No tiene solución para la situación, cosa que ya veremos con más amplitud a medida que se desarrollen los acontecimientos. Pese a que no estuvo de acuerdo con sus hermanos, su tibia intervención ha producido que ahora deba complotarse con sus hermanos para engañar a su padre con una historia irreal pero terrible. Jacob no quiere aceptar consuelo y está dispuesto a morir con ese dolor y Rubén y sus hermanos deberán convivir con el resultado de su conducta sin poder cambiar las cosas nunca más por sus propios medios. Sólo la intervención de Dios a través de José podrá hacerlo a su tiempo, pues Rubén ha quedado fuera de combate en lo espiritual por elegir caminos que no son los que el Señor marca para los suyos. Dice la Palabra: Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová, (Isaías 55:8).
Daniel García