Los problemas que nos tocan afrontar: las enfermedades, los conflictos familiares, las dificultades económicas, y aun nuestros propios conflictos interiores, pareciera que apagan en nuestra vida espiritual la llama de Dios, nos alejan de El; y hasta, en ocasiones, nos hacen dudar de Su inmenso amor para con nosotros.
El apóstol san Juan, en su primera carta, en el capítulo 3, verso 1, dice: Mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.... El apóstol nos exhorta a mirar algo que tenemos delante de nuestros ojos. Algo que no está escondido, en lo que sólo es necesario poner nuestra atención. Miremos pues, ese amor tan grande que nos ha dado el Padre, nuestro Padre; y glorifiquemos a Dios, porque en virtud de ese amor tan grande es que podemos ser llamados hijos de Dios. Y si somos llamados hijos es porque en verdad lo somos.
¡Cuánto amor el de Dios, que nos ha adoptado como hijos! Y lo ha hecho, aun sin ignorar todas nuestras bajezas, pero con el conocimiento de que no quedaremos así; porque, ...sabemos que cuando Él se manifieste seremos semejantes a El, porque le veremos tal como El es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así como El es puro (versículos 2 y 3).
Levantar nuestra cabeza, mirar el amor de Dios, sabernos hijos; mientras aguardamos el día glorioso en que Cristo se manifieste y seamos semejantes a El. Esta es la bendita esperanza que nos purifica.
Si el desasosiego que nos producen las tribulaciones es a causa de la falta de pureza espiritual, se hace entonces imprescindible que nos purifiquemos; y nos purificamos a nosotros mismos, teniendo esta esperanza en El.
Aprovechemos las dificultades para mirar el amor de Dios y éstas nos ayudarán a purificarnos así como El es puro.
Julio Palacio