Si Enoc pudo caminar...

Adaptado del libro ¿El caminar deja huellas?
Del Antiguo Testamento:
“Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén. Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque se lo llevó Dios” (Génesis 5: 21-24)
Del Nuevo Testamento:
“Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios, y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5)
El traslado de Enoc sin pasar por la muerte nos intriga por lo insólito, lo misterioso y la revelación de la gracia de Dios: Un evento tan extraordinario, que se repitió una sola vez siglos más tarde en el caso del profeta Elías, despierta y fascina a cualquiera que lo lee por primera vez. ¿Cómo podría un hombre tener una relación tan íntima con Dios que un día se hallara más cerca de Dios que de su propio hogar, de modo que Dios le dijera: “Ven acá” ¡o quizás sería más correcto decir que ese día se fue a casa definitivamente! Obviamente, él se sentía tan cómodo en la presencia de Dios como en su propio hogar. Hay mucho que aprender del relato de tan singular vida, aun cuando las referencias son muy breves.
Uno de los puntos más maravillosos de la vida de Enoc es que, sin negar ni zafarse de su condición y limitaciones humanas, vivió en medio de una sociedad marcada por la decadencia y perdición. En derredor suyo, aparentemente, todo estaba en un derrumbe moral y espiritual. Las condiciones decadentes evidentes en la sociedad de su bisnieto Noé se describen en términos contundentes en los primeros versículos de Génesis capítulo seis. Poco tiempo después, Dios consideró necesario juzgar la tierra con el diluvio sobre la generación de Noé, a fin de borrar de la tierra la raza humana corrompida.
Surgen preguntas en la mente de una generación joven que observa con asombro la vertiginosa caída moral de la sociedad en derredor: ¿Es posible vivir y caminar con Dios en medio de semejante decadencia y corrupción? ¿Hay alguna esperanza por la causa del cielo aquí en la tierra?
Tantos han perdido el temor de Dios y el respeto por el ser humano que estamos tentados a desesperarnos, suponiendo que el propósito de Dios es utópico e iluso, frente a la realidad humana. La vida de Enoc brilla como un testimonio escrito en letras de fuego de que no sólo es posible, sino que cualquier abandono del llamado de Dios significa una entrega innecesaria e insensata ante las propuestas de nuestro enemigo.
Entendamos que no hay ningún indicio en la Biblia de que caminar con Dios significó para Enoc experimentar un milagro todos los días. Eso no sería normal. El hombre no fue creado para vivir con frecuentes intervenciones milagrosas. Con su gracia y sabiduría de Creador, Dios ha puesto en marcha los parámetros que determinan las condiciones de vida humana en la tierra, y es necesario que aprendamos a ajustarnos a estas normas. Si Dios tuviera que intervenir en cada caso para sostener al hombre, sería una tácita admisión de que las condiciones de vida humana no son adecuadas. Dios es el autor de todo el mundo creado, aun cuando muy de vez en cuando irrumpe en escena con un milagro que muestra su cuidado y su fidelidad.
Tampoco hemos de hacernos la idea de que Enoc era un hombre “súper-místico”, que no tenía los pies bien plantados sobre la tierra. No hay evidencia de tal cosa; el único testimonio que se registra en la Biblia es que “agradó a Dios”. Siempre nos resulta difícil digerir un testimonio súper maravilloso de una persona que se parece más a un ser extraterrestre que a un prójimo nuestro. Ser espiritual no significa ser raro, extraño. No tenemos ninguna evidencia bíblica que indique que Enoc contaba con algo más de lo que tenían todos los hombres de su tiempo. Le tocó criar hijos, trabajar, proveer para su familia, enfrentar las frustraciones inherentes a la vida humana y cotidiana.
Es especialmente interesante la inferencia de que con el nacimiento de su hijo Matusalén tuvo una experiencia que dio como resultado un giro notable en su forma de vivir: “Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años”. Evidentemente experimentó algo que dio una nueva dimensión a su vida. Quizá comenzó a pensar en la proyección de su vida e influencia a través de su hijo y las generaciones sucesivas. O tal vez percibió la gracia y la majestad de Dios en el nacimiento de su hijo, que lo llevó a una relación mucho más estrecha con su creador. Lo cierto es que el cambio fue tan profundo y definitivo, pues caminar con Dios por trescientos años no puede haber sido simplemente el resultado de impulsos o emociones.
Observamos en la vida de muchos siervos y siervas de Dios que llegan a un momento o una situación especial en sus vidas que sirve para introducirlos a una relación estrecha y estable de fe y confianza, de compromiso y seriedad. De allí en más, ya no es una vida de esfuerzos frustrados, sino de confianza, de gracia, de victoria. Distintos cristianos tildan de diferentes maneras esta nueva percepción de su relación con Dios. Es más el resultado de un proceso del trato de Dios con uno que de una sola experiencia. Surge con la conciencia de sus propias limitaciones, la convicción de que aquello que antes soñaba ahora parece imposible a la luz de sus limitaciones humanas. Aumenta el sentido de incompetencia para hacer la obra del Señor. Pero permanece la convicción de un llamado celestial, una vocación que proviene de Dios, la conciencia de que la mano de Dios aún posa sobre la vida.
Enoc comprendió que su humanidad no era un impedimento para caminar con Dios. Percibió que Dios la había hecho tal como era para poder gozar de la gracia divina, de la presencia de Dios en su vida. Ya no encontró excusas por sus falencias; comenzó a descubrir la abundante provisión del Señor para compensar su debilidad.
Cuando nosotros comprendamos que nuestra incompetencia es lo que engrandece la gracia y la bondad de Dios, que su poder se perfecciona en la debilidad, que el camino de la cruz es el camino a la gloria, aprenderemos a vivir plenamente en Cristo y por Cristo. El es nuestra vida, nuestra fortaleza, nuestro sostén, nuestro futuro. El es todo y en todo para los que esperan en El.

Orville Swindoll

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