«Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque Yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, Soy tu Salvador... Porque a Mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y Yo te amé.»
Hay un viejo adagio que dice que nadie da nada por nada. Esto significaría que cuando cualquier humano da alguna cosa siempre está motivado por alguna razón, que a juzgar por este adagio, sería espúrea.
1. Te amo para que me ames.
2. Te sirvo para que me vean.
3. Te hago un regalo para que estés conmigo.
Frases como estas no tendrían fin si hemos de analizar el dar desde este punto de vista. La frase que englobaría a todas las anteriores y a las que se nos puedan ocurrir, sería: Te doy para que me retribuyas.
Para nosotros, los fieles creyentes en Cristo Jesús, el dar está motivado por nuestro amor a Cristo. Debemos amar al prójimo como si este fuera Cristo, servirle como si de Cristo se tratase, o por lo menos, así debería ser siempre.
Ahora bien, esto lo decimos en lo que se refiere al trato del hombre con sus pares y con Dios. Pero cuando nos referimos al trato de Dios para con el hombre, las cosas alcanzan proporciones inimaginables e incomprensibles para la naturaleza humana.
Nosotros podemos tener algún amigo o pariente, quien sea digno de que le digamos estas palabras: A mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé. Sin embargo, cuando estas palabras trascendentales son pronunciadas por el Yo Soy, Jehová nuestro Dios, el Señor Todopoderoso y Eterno, el Cual es el Rey de Reyes y el Señor de todo lo creado, ya sea en el cielo o en la tierra; entonces, estas palabras producen un efecto curativo para el alma herida en la prueba o en la tentación:
A mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y Yo te amé.
Cuando María de Betania rompió el vaso de alabastro y derramó el costoso perfume sobre el Señor, ella había desentrañado estas palabras, las había comprendido en su profundo significado.
Cuando Jesús se detuvo ante la tumba de Su amigo Lázaro, lloró (Juan 11:35). La compunción del Señor ante la muerte de Su amigo se debe a esto:
A mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y Yo te amé
Cristo amaba a Lázaro. El jamás vio los muchos defectos que de seguro Su amigo tenía. Amaba a Lázaro y sus hermanas, en cuya compañía gustaba estar.
Estas palabras del Señor, que se encuentran en el libro del profeta Isaías, conmueven profundamente el corazón humano cuando comprendemos que el Señor puede librarnos de la prueba y de la tentación, aunque no siempre lo hace; pero que el que lo haga o no reposa en esta aseveración: la gran estima con que nos ha coronado y Su incomparable amor.
Quienquiera que haya estado en contacto con las aguas, ya sea en los mares, ya sea en los ríos, sabe que el ímpetu de éstas suele ser devastador. Cuando estamos sobrepasados por el temporal que se cierne sobre nuestra vida amenazando con quitarnos aún la base en que nos apoyamos, esto es Cristo, nuestra Roca Fuerte, debemos tener la seguridad de esta firme promesa: Yo estaré contigo.
El Señor está con nosotros en medio de las adversidades de la vida y además de eso nos promete: No te anegarán los ríos, ni te quemará el fuego, y nos da el motivo por el cual estas cosas aciagas no nos sucederán: Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y Yo te amé.
Jesús firmó esta solemne promesa con Su propia sangre derramada en el Gólgota.
Dice la carta a los Hebreos, en el capítulo 12, versículo 2: ...el cual por el gozo puesto delante de El sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Ese gozo no es ni más ni menos que esos, a quienes el Señor, con el corazón compungido ante nuestros clamores, llantos y pedidos de pronto socorro nos dice:
Yo estaré contigo, porque fuiste de gran estima y Yo te amé.
A decir verdad, a veces, en medio de los temporales, nos suele pasar lo que a los discípulos quejosos en la barca en medio de aquella tempestad, y con voz de niño desilusionado, decimos:
- Señor, ¿no tienes cuidado que perecemos? (Marcos 4:38)
En ocasiones guardamos en nuestro corazón los reclamos de Marta y de María:
Señor, si hubieses estado aquí mi hermano no hubiera muerto. (Juan 11:22 y 32)
Como si el Señor pudiera ignorar algo; sin entender que Aquel que los cielos de los cielos no pudieron contener, el que abre y ninguno cierra y cierra y ninguno abre, el Santo de Israel que derrumbó los muros en Jericó, el Dios Eterno que abrió las aguas del Mar Rojo, el Amigo que sacó a Lázaro de la tumba y lloró ante la evidencia del dolor humano, Jehová Nissi (Jehová nuestra Bandera Exodo 17:15), el Fiel y el Verdadero, el Dios del pacto Quien vino a salvarnos, nos dice:
Yo Soy tu Guardador.
Podría evitarnos todos los sufrimientos, pero El mismo abrió camino en el sufrimiento; Isaías lo llamó varón de dolores, experimentado en quebranto; pero hasta las puertas de los cielos cedieron ante Su valentía, a la voz del Espíritu: «Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla. Él es el Rey de la gloria.
Cuando el Señor murió en la cruz sólo hubo negrura y tempestad en derredor. Las fuerzas del mal estaban librando la más cruenta batalla de la que se tenga memoria.
El enemigo y todo su séquito ostentaban la victoria. El Hijo de Dios
yacía clavado en el madero, muriendo, vencido. Pero ¿Donde
está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro,
tu victoria? « (1ª Corintios 15:55)
Cristo murió y resucitó, y arrebató al diablo las llaves del Hades, y la derrota, acabó en total desastre para las huestes del enemigo. El que no libró de la muerte a Su propio Hijo, quien murió y resucitó y está sentado a la diestra del Padre, y el Espíritu de Verdad que moró en Cristo, nos dicen desde la eternidad:
- Fuiste de gran estima a mis ojos, fuiste honorable y Yo te amé.
Cristina de Palacio