El Ser de Dios (parte VIII)

1º- A IMAGEN DE DIOS
Siendo la personalidad del amor, en Dios, algo tan fuerte, entendemos que sobresale dicho atributo en toda su imagen a la cual el hombre ha sido creado. Y solamente el pecado ha sido el que ha venido a deteriorar esa imagen hermosa que Dios implantó en la persona del ser humano.
Pero esa imagen de Dios en el hombre donde se destaca el amor: “Y ahora, permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1ª Corintios 13:13); esta imagen no ha desaparecido en la persona humana, solamente el pecado ha podido deteriorarla. El hombre natural sigue ostentando la imagen, eso sí, deteriorada, de la persona de Dios. Tal lo que expresa Santiago cuando se refiere a la lengua. “Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a semejanza de Dios” (Santiago 3:9).
Hemos dejado dicho en el principio de este discurso, los motivos y las metas del amor de Dios. Primero se ama a sí mismo como es lógica la comprensión de las Escrituras; después con el mismo amor, que no cambia, porque Dios “es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8) ama al hombre que El ha creado, de tal manera que regala a su Hijo Jesucristo para que nosotros, los que creemos, tengamos vida eterna (Juan 3:16).
El amor que Dios nos transfiere es de esta calidad con una incuestionable variación: Dios, porque es Dios, tiene todo el derecho de amarse a sí mismo, mientras que el hombre tiene este derecho en segundo término. No está prohibida la autoestima en la Biblia “El que ama a su mujer, se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la trata con cariño, como también Cristo a la Iglesia” (Efesios 5:28-29).
Pero eso debe hacerse después que se ha amado al prójimo, no como a sí mismo, sino como Jesús nos amó a nosotros; y no tengamos miedo de que se agote el amor, y no nos quede para nuestra permitida estima. Ya ha dicho la Escritura que “el amor no caduca jamás”. Ni el que tenía el imperio de la muerte pudo vencer al amor con que el Señor nos amó.
Es de una lógica espiritual aplastante saber que la aparente derrota de Jesús en la cruz ha sido el triunfo eterno y glorioso del amor de Dios para con nosotros.
La imagen, deteriorada, se va componiendo en el cristiano a medida que va siendo transformado de gloria en gloria: “Y todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformado de gloria en gloria a la misma imagen, como por la acción del Señor, del Espíritu”. (2ª Corintios 3.18).
Siempre seremos semejantes, no el mismo, aún cuando lleguemos a la gloria más alta: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal como El es” (1ª Juan 3:2).
Dios siempre será Dios: el único Trino Dios.
El será adorado. Nosotros los adoradores.
2º- CALIDAD DEL AMOR DE DIOS
Es ocioso por demás discurrir sobre la calidad del amor de Dios, ya que sabemos que todo en El es óptimo y perfecto.
Ya hemos considerado la eternidad del amor de Dios en el sentir divino de Jeremías. Y para ver que esa eternidad proviene solamente de El, nos bastará llegar al final de la oración de Jesús frente a sus discípulos: “Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (Juan 17:26).
El amor con que Cristo fue amado por el Padre, es el amor de Dios por sí mismo: el de inmejorable calidad.
Asómbrese todo ser humano ante tal misterio. Este amor, de calidad tal es el que el creyente debe profesar primero a su prójimo, y después a sí mismo usando al mismo amor indiscriminado.
Faltan palabras para describir esa aplicación del amor de Dios para Cristo, y su transferencia o participación a nosotros, al mismo tiempo la actitud del creyente para vivir en este amor que no tiene puntos seleccionados.
Bástenos concluir, en este apartado, que la calidad es superior e inmejorable, con lo cual no hacemos otra cosa que reiterar lo que hemos intentado decir en gramática lo que sobrepasa a toda disciplina.
El capítulo trece de la primera carta de Pablo a los Corintios es una declaración, bíblicamente exhaustiva para que pongamos punto final a lo que son realmente puntos suspensivos, pues “el amor no caduca jamás”.
3º- LA IDENTIDAD DEL CREYENTE
Nos hemos referido en el apartado 6, intitulado: «Dios es amor» al versículo 16 de 1ª de Juan 4. Sigamos leyendo el versículo 17: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como El es, así somos nosotros en este mundo”.
Demos un vistazo a la trayectoria del creyente en su nacimiento del “agua y del Espíritu” (Juan 3:5).
La característica del nacido de nuevo es el fruto del Espíritu que encontramos en Gálatas: “Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas. 5:22-23).
Vale decir que estos atributos de Dios forman parte de la identidad del creyente. Y notemos que ellos vienen precedidos del amor, por lo que está el primero en la lista. En Juan 4:16 se declara que “Dios es amor”, y en el 17 se lee que “como El es, así somos nosotros”. Llegamos a esa identidad de Dios con el fruto del Espíritu en potencia, que se irá manifestando al ritmo de nuestro crecimiento, para lo que habremos de ir aprendiendo las lecciones que nos enseña nuestro Maestro: “...aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).
Lo positivo de todo lo que venimos diciendo es que la identidad del creyente está en consonancia con la identidad de Dios. Sin embargo, el Espíritu Santo y nuestra colaboración irán dando forma a nuestra vida hasta que lleguemos “a la medida de la edad de la plenitud de Cristo” (Efesios 4.13).
· Positivo: Potencialmente idénticos con Dios.
· Positivo: La bendición del proceso del crecimiento.
· Positivo: Llegar a la plenitud de Cristo.
Tengamos en cuenta, no obstante, que para ese crecimiento que nos ha de llevar a la misma identidad con Dios, debemos aprender del Señor Jesús, no grandezas, ni maravillas, ni poder, ni autoridad, sino mansedumbre y humildad, para tener descanso para nuestras almas; llegando a esa plenitud, no acaloradamente, sino en paz y sosiego.d) LA RECIPROCIDAD DEL AMOR
Si buscamos pruebas de que Dios nos ama, las encontraremos en abundancia, en nuestra propia experiencia, en las experiencias de los demás y en los relatos de las Sagradas Escrituras. Esto redunda en gratitud y amor de nosotros, pecadores, para con el Dios tres veces santo.
Pero esas Escrituras nos aclaran el por qué nosotros amamos a Dios: “Nosotros le amamos a El, porque El nos amó primero” (1ª Juan 4:19).
Dios nos lleva la delantera en todo.
Su amor es una bendición que nos ha quitado la culpa y no ha añadido ni un atisbo de tristeza; tal lo que dice Salomón: “La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella” (Proverbios 10:22).
La suma de esas bendiciones es el amor que Dios nos ha otorgado desde que nos concibió en su mente. Esto es lo que entendemos de la declaración del apóstol Pedro: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor durante todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual os fue transmitida por vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya provisto desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado al final de los tiempos, por amor de nosotros” (1ª Pedro 1:17-20).
Todo esto lo comprimimos diciendo que su amor nos ha hecho, nos hace y nos hará mucho bien.
Ya hemos visto que su amor, como El, también es eterno.
La reciprocidad entonces es “amarle a El, porque El nos amó primero”.
Es deber del creyente en Cristo Jesús devolver ese amor de alguna manera.
Imposible pagar la deuda que contrajimos con El, al perdonarnos con la muerte de Cristo todos nuestros pecados: “Y El es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1ª Juan 2:2).
El mundo de los reprobados nunca podrá pagar la deuda a causa de la predestinación. Pero es verdad también que los elegidos tampoco la podemos pagar. Los primeros por no reconocer sus pecados o no aceptar el perdón. Y los segundos porque el amor, que es Dios, es imposible de superarlo.
Su amor nos hace bien.
Nosotros, sabiendo lo que hemos dicho en este mismo instante debemos hacer bien a Dios.
El ánimo de pagar la deuda existe en el corazón del redimido; pero siempre éste sabe, por medio de la Escritura, que “somos salvos por gracia” (Efesios 2:8). Sin embargo esta verdad no quita el deseo de bendecir a Dios.
Y esta bendición al Todopoderoso se caracterizará con saber que “le amamos a El, porque El nos amó primero”. Este reconocimiento lo pone contento a Dios: que comparte su gozo con los suyos diciendo: “el gozo de Jehová es nuestra fuerza” (Nehemías 8:10).
Es decir, la fuerza de Dios viene siempre acompañada con el gozo que le proporciona el amor de sus hijos, que recíprocamente han dado a Dios el amor que Dios les había dado.
Una enseñanza muy solemne entendemos con lo expuesto: El poder de Dios que el creyente debe desplegar irá siempre junto al deseo de bendecir, nunca con la jactancia de un poder, por sobrenatural que este sea.
Y esto agradará a Dios.

Jorge Pradas

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